Ernst Jünger dijo una vez que hay lecturas que funcionan como vacunas. Hoy pienso que leer a Sebald, otro alemán muy singular, puede cambiar la trayectoria de una vida entera.
La madrugada del dos de octubre de un año espeso, cuya vicosidad apenas puedo despegar de mi piel en la noche tibia de Catamarca, pensé en que sobre lo que de verdad quería escribir era sobre W. G. Sebald y Los Anillos de Saturno. Una obra casi indescriptible de un autor de por sí ya muy difícil de clasificar, que irradia en direcciones improbables como un isótopo inestable que se va desagregando a medida que gira sobre sí mismo.
Esos disparos trazadores se pueden seguir para formar una narrativa coherente, que lleva, tal vez, hacia alguna dirección general. Pero aunque la forma sebaldiana tiene mucho en común con la forma de la arqueología, el centro del ejercicio no está puesto sobre los materiales sino sobre la mirada misma.
Cada viñeta sebaldiana conforma una elipsis típica: como una evocación un relato se desprende del andar-en-el-mundo del protagonista, y nos pone en una cierta posición (geográfica, histórica) de coordenadas poéticas específicas; de golpe al pasar la página una fotografía inesperada da el golpe de gracia –cuerpos fusilados en un bosque se equiparan a visiones tornasoladas de millones de peces descomponiéndose en una playa.
Una mansión antigua y un avión que vuela bajo nos transportan a los bombardeos indiscriminados sobre la población civil en la Segunda Guerra. El gozne de ese movimiento, sin embargo, no es un aleccionamiento histórico, sino una descarga de melancolía que parece explotar como un obús sobre nuestras cabezas y dejarnos cargados de un shrapnel cuyos fragmentos ya no podremos extraer.

Como me ocurre a menudo, también pensé en la guerra, en sus manifestaciones más horrorosas. Un hospital en Mariupol y un niño muerto envuelto en una sábana en una esquina de una morgue improvisada en un sótano, un hospital en Gaza y partes humanas indistinguibles que afloran entre los escombros bombardeados con precisión sádica, una estación de policía en Myanmar y el cuerpo atravesado de balas de un hombre que tal vez solo pasaba en el momento equivocado, o el brutal resultado de una ametralladora pesada sobre un Boyevaya Mashina Pyekhoty ruso, y en su interior los cuerpos destrozados de los siempre muy jóvenes paracaidistas de la VDV (reconocibles por las camisas a rayas azules y blancas).
“¿Qué siento? No tengo idea de qué es lo que siento. No hablamos de eso, porque comenzar a hablar es comenzar a desarmarse” repiten en variaciones corales los protagonistas del horror (a veces víctimas, a veces victimarios) cuando son interrogados. En las ruinas literales del lenguaje, en lo que queda cuando todo ha sido desbordado, transformado, y somos asediados constantemente por una artillería de sentidos que apenas nos dejan pensar, cabe compartir también el mismo sentimiento. Quizás a veces es mejor no poder hablar de todo lo que ocurre, pero lo que ocurre hablará de todas formas a través nuestro –conjurar estos signos es el poder de escritores como Sebald.
Hay un adagio en el pensamiento sistémico que dice que el propósito de un sistema es lo que hace en verdad. Correr la mirada es el propósito, entonces, del mundo tal como se ha hecho a sí mismo hasta este momento. Correr la mirada ante el sufrimiento, ante las muertes crueles de niños, mujeres y hombres a manos de otros hombres y mujeres, ante la muerte que se fabrica a escala global y se vende y exporta de forma tan fluida que ningún mercado de commodities y capitales se le acerca, ante el fondo en socavamiento constante del horror.
Quizás por esto mismo, un tema recurrente en la ficción es tanto el fin del mundo (humano) como la posesión, los parásitos –un gracioso revés a favor de la ontología orientada a los objetos, pero que parece finalmente describir más acertadamente el mundo en el que vivimos. El ángel de la historia de Benjamin se reedita en las cualidades inhumanas del capitalismo tardío (en sí, hablar de estadíos es también una metáfora biológica) que agitan aceleracionistas y decrecionistas por igual.
Un insecto de líneas perversas se pasea por el mantel a rayas blancas y azules de la mesa, tanteando con su proboscis entomófaga entre los hilos de algodón. Voy a buscar una luz para examinarlo y cuando regreso ya no está. Abajo de la mesa me encuentro con una araña de trazos delicados que hace guardia sobre una telaraña escasa y poco impresionante.

¿Qué se puede hacer? El mundo se desvanece frente a nosotros. Todos los caminos se han cerrado con alambrados, todos los vecinos han sido desplazados de sus geografías de amistad, todos los amigos cierran filas sobre sí mismos y apenas se dejan respirar, los amantes se aferran como pueden, pero ya no saben pronunciar más que ecos desvaídos.
Regreso entonces una vez más a Sebald. Es el sujeto en movimiento, el que prospecta las marcas de un camino natural que brota de la puja entre el abandono y la novedad, el que acaba produciendo el antídoto más potente contra el olvido de lo común, de los anillos concéntricos de presencias y ausencias sobre los que está apoyado nuestro mundo. Como los abrojos que se prenden a la ropa en una marcha a campo traviesa, al desplazarnos sebaldianamente por el mundo, fragmentos de tiempo parásito, recuerdos dislocados, nos usan para brotar nuevamente en sitios inesperados.

Tiro una bengala roja al cielo y emprendo una caminata nocturna por la tierra de nadie. La artillería del mundo a esta hora está en silencio (y solo por eso puedo concebir la escritura), mientras voy iluminando con una linterna el fondo negro de los pozos.
Una boca de alcantarilla partida me sorprende en el pozo más grande y profundo. Abajo se mueven aún los ríos, irrigan las napas obturadas de escombros, y erosionan, implacables, la sustancia del mundo.

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