Con el Misionerazo en la boca

Allá también nos llegó. Fue tan movilizante que la distancia física que impedía asistir en cuerpo reclamaba al menos la presencia en alma. Agité a quienes pude y nos juntamos en casa: seis poetas misionerxs varados en CABA con el hormigueo de hacer algo, de que la ciudad de la furia se anoticie un poco de lo que ocurre en el resto del país [sic]. 

Cuando fui a comprar el almidón me di cuenta de que nunca había tenido tanta misionerada en casa. En la cocina, entre charlas y recetas, fue asomando otra causa en común: la nostalgia por las palabras que tuvimos que exiliar del cotidiano por la porteñada que no entendía o nos gastaba, el hartazgo de que el imaginario federal no alcance para otra cosa más que un tucán en las cataratas, la sarta de estereotipos que se nos quedaron pegados como toritos desde Yago, pasión morena

Nos sentamos a nuestro humilde altar-merienda de mate y mbejú, y junto a las noticias del acampe, de los conocidos poniendo el cuerpo y el minuto a minuto de las negociaciones, le dimos rienda suelta a nuestro exilio lingüístico compartido. Entre mate y mate nos pasamos palabras, gestos, canciones, recuerdos, saboreando todo el universo de nuestra identidad technicolor, tanto tiempo apagada en un entorno que la veía en blanco y negro.

Collage de Germán Lorenzo Robert.

Entre los seis craneamos este evento que se hizo en la bella librería La libre, en San Telmo. Llevamos frutas, mate y una cajita de preguntas para el público: “¿En qué pensás cuando pensás en Misiones?”. Debo confesar que perdí las respuestas, pero a cambio comparto dos textos que me nacieron para esa fecha:

Lo uniforme en la vergüenza

1.- Debería darte vergüenza, chamigo, le grita ella de cerca a uno de uniforme, a uno en particular que seguramente también conoce del laburo, de la calle, del matear, del compartir en otras ropas, seguramente digo yo sin saber nada, nada más que ese tono y ese chamigo que lo arrancan del lugar de lejanía donde lo pone el uniforme y la cachiporra. Debería darte vergüenza, chamigo, le grita ella con la voz agrietada por la angustia, o la indignación, o la incredulidad tal vez de que esta situación sea posible, los dos saliendo de la misma yuta pero ella con el cartel y el corte de calle y él con el uniforme y la cachiporra. Debería darte vergüenza, chamigo, es la frase que más vergüenza debería dar en el mundo: te conozco, nos conocemos, qué carajo estás haciendo. 

2.- La noticia trasciende a nivel nacional y se vuelve tragicómica: el video circula con subtítulos, y donde ella dice “chamigo”, el subtítulo dice “Dios mío”. Dios mío. ¿Fue por incapacidad lingüística, incapacidad empática, incapacidad cibernética? ¿Qué proceso de limpieza tuvo que haber para sacarle a la frase su lado más litoraleño? ¿Qué ser humano o tecnológico tuvo ese arranque de pulcritud de pasarle el trapito para que no se le note esa mugre colorada que llevaba al final? ¿Será otra manera de llevar el uniforme, de uniformar

3.- Después el mismo cana (o quizá no, pero como el uniforme uniformiza, quién sabe si fue el mismo otro día o fue otro el mismo día), digamos entonces que poco después el mismo cana se hizo viral bailando con una docente (o con una empleada de salud o con una yerbatera, porque otra cosa que uniformiza son los videos virales). Y otro poco después, ese mismo cana de uniforme salió reprimiendo a esa misma docente. ¿Cuánto pasó en el medio? 15.000 pesitos. Quince mil pesos fueron la diferencia entre estar afuera del uniforme bailando con tus compas de lucha, y estar adentro del uniforme apaleando a tus docentes (porque otra cosa que uniformiza es la educación, pero se ve que no siempre, no para todxs). Vergüenza debería darte, chamigo, el uniforme te quedó al revés.

Yaguá, anga, mboyeré. 

No es mi idioma pero lo reconozco: lo escuchaba todos los días pasar por la vereda a la salida del colegio. Caté, guaú, mbaé. Levantaba la mano para saludarlo, pero me tiraba una mirada de reojo y seguía de largo. Yo bajaba la mano, volvía a casa, a mi vereda, y mi abuela estaba hablando con sus primas de Córdoba. Me contaba una y otra vez sobre el cielo de noche, las uvas en verano, el frío en las sierras, no como acá, decía. 

Yo le quiero preguntar cómo hacer mbejú, pero sé que no sabe, no sé si alguna vez lo probó, y sé también que la tiene sin cuidado. Me vuelve a contar que llegó con el último hidroavión a Posadas, cuando Misiones todavía era territorio nacional. Allá ité, pienso yo. 

Me cuenta sobre el zapato blanco enterrado en el barro rojizo, y que quedaría así, manchado, porque ese rojo no sale. Me cuenta su espanto. Me cuenta sobre los campamentos de verano en la chacra, que mi abuelo organizaba juegos para los alumnos, y ella tenía que quedarse ahí, en ese monte infinitamente más monte que ahora, con su linterna y su miedo, esperando a que vuelvan. Me cuenta una y otra vez, que cuando era chica le había dicho a su mamá yo cuando sea grande me voy a casar y me voy a ir bien lejos. Me lo cuenta mil veces, y todas las veces con la misma amargura, Qué tonta, me dice. Yo salgo a la vereda, escucho un rohayhu que no devuelvo, crezco, crezco, me mudo.

En la capital me diluyo cada vez más. Hay algo dentro de mí que empieza a hacer agua, se va destiñendo de a poco, mancha cada vez menos. No tenés acento misionero, me dicen. ¿Según quién?, pienso yo. Pero después de que se le escurre un poco el agua, algo de tierra queda, se afianza. En alguna otra vereda, a alguien se le rompe un collar, lo ayudo a juntar lo que queda y cuando le digo de dónde soy, contento me dice este collar es guaraní, lo compré en Iguazú, está hecho de semillas. Me las regala y las recibo en la mano. Se me mezclan con un poco de la tierra que me había quedado adentro, y voy recordando cosas que nunca supe. Cosas que nunca heredé de mi familia, pero que me las dio directo la tierra, ese talón que se sabe colorado, el instinto que asocia el olor a humedad con haber llegado a casa.

Me voy lejos, cada vez más lejos, a laberintos de veredas que no conozco, y en algún momento escribo: quizás el desarraigo fue una herida / tan fuerte en mi familia / que ya de grande / me hice el corte sola / para sentirme en casa. Escribo, reescribo. De la misma forma que mi abuela teje su nostalgia, yo voy tejiendo la mía: aprendo a hacer mbejú lejos de casa, para mostrarle a las personas que amo el sabor que tiene, canto chamamés con desconocidos, comparo el Paraná con otros ríos. Poco a poco recorro lo lejos que me tuve que ir para descubrir cómo volver. 

Esa vuelta inmensa, gigante, me trae de nuevo a la chacra, a los yuyos, al arroyo. El monte tiene esa forma de meterse, como un perro negro y desgarbado, de ojitos muy brillantes y dientes muy filosos, que te lame las heridas si lo tratas con respeto, te deja alitas de chicharra en la puerta de la carpa y la suavidad viscosa y agradable del barro ñaú entre los dedos de los pies. 

En la chacra aprendo de pájaros y de yuyos, el llantén, el ambay, el mamón, el cocú. Colecciono poemas en guaraní, los voy saboreando, los aprendo despacito. Peteí puraheimi, ñe’ēpoty. Aprendo también a sacar piques, y mi abuela, maravillada, me dice que en los cincuenta años que lleva viviendo acá nunca vio ninguno. Qué raro, abue, le digo yo, que en cincuenta años nunca hayas visto un pique, pero también me da un cierto orgullo volver a casa y mostrarle a las personas que amo que el monte cuando quiere también se vuelve un poco manso. 

La identidad que mi familia nunca tuvo en el territorio que habitó, empiezo a tejerla yo para sentirme más cerca, recupero algo que nunca me habían dado, pero que siempre estuvo ahí, como un árbol inmenso lleno de fruta, que no hace falta que nadie se acerque y saque para darme, lo único que hace falta es que me estire yo y me sirva. Siento entonces un cierto filo entre los dientes, un tirón profundo en la garganta, las ganas de pegar un alarido, de ahí quizá el placer del sapucay: es tanta la alegría del reencuentro, el saberse monte pese a todo, saber que hay cosas que no se heredan pero tampoco se roban: están donde están y nos toca a nosotras ir a habitarlas.

Alina Mateos Horrisberger.


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Una respuesta a «Con el Misionerazo en la boca»

  1. Avatar de monica millan
    monica millan

    Pero Juan de haber sabido allí hubiese estado escuchando y compartiendo. Abrazos chamigo!!!!

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