Querido doctor: Me encuentro muy mal. He tenido el corazón en un puño con palpitaciones y amagos. De repente, los simples rituales del día se resisten como un caballo terco. Resulta imposible mirar a la gente a la cara. ¿Puede irrumpir de nuevo el mal? ¡Quién sabe! La conversación intrascendente es fatal. También la hostilidad aumenta. Esa virulencia peligrosa y devastadora que surge del alma enferma. La mente, también, enferma. En nuestro interior se derrumba la imagen de identidad que a diario luchamos por grabar en el mundo indiferente u hostil; y nos sentimos aplastados
Plath, 2013
No es exclusivo del ambiente literario, todo el mundo del arte y del “espectáculo” tuvo siempre una estrecha relación con el suicidio: siempre se termina creando un mito alrededor de la muerte de personalidades y personajes, sobre todo si fue de forma prematura, trágica o autoinfligida.
Lo que me llama la atención es que la muerte de un escritor de literatura o poeta parece estar justificada y hasta romantizada. Quizás parte de este razonamiento se podría entender contemplando que muchos de ellos coquetearon con la idea del suicidio y de la muerte en sus obras.
Por ejemplo, en un ensayo, el autor William Todd Schultz –especializado en psicobiografías de artistas como Kurt Cobain o Sylvia Plath–, examina cómo el suicidio a veces llega al final de un proceso de redefinición artística, como la culminación de una búsqueda cada vez más arriesgada. Pero verlo desde ahí me parece justamente lo contrario a lo que busco con este análisis: humanizar y quitar esa “mística” que romantiza el suicidio del poeta.
Creo que hay un combo explosivo y que es esa la verdadera ecuación de la ideación suicida: “La inteligencia acompañada de una sensibilidad más extrema son un arma de doble filo”, como me dijo la primera psiquiatra que visité.
Todavía sigo pensando en cuál es el estuche en el que guardo esa arma para no lastimarme más. Debe ser este, debe ser el papel en el que escribo el que cubre los bordes de esta espada, pero eso va a ser material poético para más adelante, y no vine a hablar de mí.
Ciertamente, la profunda conexión de los escritores con las emociones y la complejidad del mundo que los rodea hace que experimenten la vida de manera más intensa y que se vean abrumados por la sobrecarga sensorial y emocional. Esa visión singular del mundo y ese resignificar constante que lleva a la búsqueda de nuevos sentidos no solo agota, sino que deviene siempre en explorar las profundidades, en tocar fondo y en distanciarse de la zona hasta donde llegan los guardavidas.
Los escritores de literatura son los más sensibles a la introyección de ese mundo ajeno a ellos y a la vez inmerso en ellos. Por oficio e interés, lo que narran y construyen está basado en las dinámicas sociales que intervienen en la psique de sus personajes, las circunstancias en las cuales cada uno desarrolla una trama.
Personalmente, para mí siempre fue una carga sobrepensar, buscar otro sentido, hacer propio el dolor ajeno y ser funcional, sobre todo en una sociedad capacitista, consumista y capitalista que no permite el “detenerse”. Y yendo directo a lo social: el suicidio, por supuesto, también debe ser tomado desde ese enfoque relacionado con el contexto social y cultural que atraviesa cada individux, ya que esa relación modela una visión del mundo adaptativa a él o, por el contrario, en conflicto.
Tal vez por esto es que cada vez que hablamos de “poetas suicidas” lo primero que se nos viene a la mente son nombres de escritoras mujeres: Alejandra Pizarnik, Sylvia Plath, Anne Sexton, Virginia Woolf, y –agregando dos poetas latinoamericanas más contemporáneas que no suelen aparecer en la nómina– Emilia Cornejo y Ana Cristina César.
¿Por qué tienen mayor impacto? ¿Hay más mujeres suicidas que varones? La respuesta a esta segunda pregunta es no. Sin embargo, las mujeres quedaron ligadas directamente al mote de “suicidas” mientras que de los escritores varones te enterás al entrar a la Wikipedia y ver la causa de muerte; la salvedad tiene lugar casi exclusivamente cuando aparece un factor que hace que esa muerte impacte más, ejemplo: la edad. Seguramente conocen el mito del club de los 27. En el caso de poetas, está Andrés Caicedo, poeta colombiano que se suicidó con solo 25 años, dejando esa estela de “joven promesa”.
Ahora digo: si todavía la desigualdad de género es enorme, imaginemos lo que era ser “mujer”, o pertenecer a algún grupo minoritario o disidente, hace 50 años.
Así que, aunque hay un punto en común, que es esa extrema sensibilidad y la visión particular del mundo que hace muchas veces que el poeta (escritor) se sienta incomprendidx o incapaz de encajar, si a esto se le suma un factor como la desigualdad de género, la presión social y la mayor incomprensión o el juicio social y moral, empezamos a comprender varias cosas. Por ejemplo, una variante que me llamó la atención tiene que ver con que la mayoría de mujeres literatas que se suicidaron lo hayan hecho a edades más tempranas que los varones. Creo que, en gran medida, es por lo que mencioné en el párrafo anterior: soportaron hasta donde pudieron.
Esta aclaración es pertinente para terminar con la romantización del suicidio femenino que solo suma al mito del “sexo débil”, cuando en realidad muchas veces cargaban con el doble. Y ninguna “se mató por amor” como les gusta repetir a algunxs.
Las excentricidades, el escapar por un rato, en los espacios de expresión, eran mejor recibidas en los varones que en las mujeres, quienes tenían que mantener un “comportamiento adecuado” y responder a lo que la sociedad les permitía y esperaba de ellas.
Recordemos que las autoras que mencioné vivieron, en su mayoría, durante el inicio de la segunda ola feminista de los años 60, en contraposición a los estándares de tradwife o “esposa tradicional” a los que se aspiraba en esa época, según los cuales tu mayor aspiración como mujer debía ser casarte, tener hijos y, por supuesto, mantener una imagen íntegra. No tengo dudas de que de esto deviene también el estilo de escritura de la mayoría de estas escritoras, conocido como “confesional”, y el hecho de que hayan relatado sus vivencias y ese dolor emocional en diarios: algunas por las imposiciones propias del modelo de “mujer tradicional” y otras, como Alejandra y Ana Cristina, también por su orientación sexual.
En efecto, las mujeres han utilizado históricamente este género para expresar experiencias personales, especialmente aquellas que las marginaban. Con el tiempo, conformaron un espacio desde el cual las voces femeninas y disidentes pudieron ganar visibilidad en un mundo literario dominado históricamente por hombres y plagado de tabúes acerca de la intimidad y la manifestación de la sexualidad de cada época. Respecto a esto último, cito a la misma Sylvia Plath:
“Estoy de malas. Me disgusta ser chica porque como tal he de comprender que no puedo ser hombre. En otras palabras, tengo que canalizar mis energías en la dirección y la fuerza de mi compañero. Mi único acto libre es elegir o rechazar a ese compañero”.
Imagínense un matrimonio en 1960. En esa época, si un varón se sentía mal o quería despejarse, podía irse de viaje, podía dejar su casa unos días o podía pasar la noche en un bar o un burdel. Pero, ¿qué hacía una mujer, una madre, que supuestamente tenía que atender primero sus deberes domésticos, a sus esposos y a sus hijos? Imagínense ahora todo esto en personas con una mente mucho más abierta y en velocidad 2x en comparación con la sociedad que las rodeaba.
Pero no se trata de medir “quién sufrió más” ya que, por supuesto, esto es imposible y, además, cada dolor es personal. Tampoco de obviar que la misma sociedad patriarcal y la masculinidad tóxica hayan sumado a la presión e incomprensión de los escritores varones. Cabe mencionar, al contrario, que muchos de estos escritores suicidas estuvieron bajo tratamiento psiquiátrico o “padecieron” de algún trastorno.
Lo pongo entre comillas porque me cuesta aceptar la idea de que se patologice el “dolor” o el malestar emocional –tampoco niego que los hayan tenido y mucho menos estoy en contra de que hayan recurrido a terapia, aunque sabemos que años atrás también era muy cuestionable todo en materia de salud mental–. Por ejemplo, Anne Sexton supuestamente era bipolar y Virginia Woolf sufría de trastorno límite de la personalidad. Alejandra y Sylvia, las dos poetas confesionales que jugaron con la idea de la muerte y el suicidio desde siempre, dejaron en claro ya desde temprana edad el dolor existencial que las aquejaba a puntos desesperantes. Aun así, lo intentaron: intentaron comprender el mundo, intentaron ser libres y ser individualmente por encima del rol que les imponía una sociedad patriarcal, capitalista y conservadora. Una sociedad donde el que “rebosa las fuentes” es separado, donde ver más allá, detenerse y cuestionarse hace que sea mucho más difícil formar parte de un mundo injusto y hostil.
Ya decía Hölderlin: “El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona”. Imagínense entonces vivir entre estos dos extremos, una mente creativa, imaginativa, que vuela y que al mismo tiempo es capaz y busca todo el tiempo racionalizar y entender cada detalle de la existencia y confrontarse con las limitaciones de la realidad y la miseria humana. ¿Cómo se camina en esa cuerda floja? ¿Cómo no estar al límite?
Yo soy de las que piensan que esta forma de sentir y percibir el mundo no es un regalo ni un talento, sino todo lo contrario. Pero, como otrxs “colegas”, decidí hacer algo con eso y escribí, y lo sigo haciendo como una necesidad imperiosa.
Es cansador, sí. Ya que nos sinceramos y nos confesamos. Sin ir más lejos, ahora mismo, mientras escribo esto, estoy haciendo un tratamiento con ansiolíticos y antidepresivos.
En fin, aunque la mayoría de ellas abordó muchísimo el tema de la muerte en su obra, no es que hayan hecho de su vida solamente un culto a la muerte. Todo lo contrario: vivieron hasta más de lo que se les permitía, soportaron hasta donde pudieron y decidieron hacer algo con esa visión única y sensible del mundo. Hay una forma de trascendencia en el acto de escribir y hasta de dar vida en ese “crear”. Y para terminar, como dice siempre mi amiga y poeta, Lucía: “usar la vida para gritarla hacia afuera”.

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