Una pintura de la selva con un camino de tierra colorada, postal máxima misionera. Aparece en publicidades turísticas, paquetes de yerba, portadas de libros, catálogos institucionales y llaveros. Quiere mostrar que en este territorio hay una fuerte presencia de la naturaleza, casi omnipresente.
Pero después de ver esta imagen una y otra y otra y otra vez, combinada al calor del verano y el sopor de la siesta, empiezo a intuir significados ocultos, y me dan ganas de estirar esta postal como un chicle hasta que se rompa. Necesito entender qué es esta imagen, qué misterios esconde detrás de su calma, qué mensajes cifrados quiere revelar.
Pinceles y motosierras
Revolviendo en la historia de estas representaciones, me encuentro que es el pintor uruguayo Carlos Giambiagi uno de los primeros en retratar este camino de tierra colorada en pinturas como “Picada en Misiones” o “Picada” de principios del siglo XX1. Durante su estadía en la provincia, Giambiagi no solo cultivó la tierra de su terreno con mandiocas, también pintó selvas y yerbales e ilustró las tapas de dos libros de su vecino y amigo, Horacio Quiroga.

Aunque su pintura se concentraba en la naturaleza, su pincel estaba atravesado por la militancia, primero anarquista y luego comunista, y buscaba en la picada no un adorno, sino la huella del trabajo obrero y la lucha de los mensúes2. Aquí ya podemos olfatear que detrás de esos paisajes se escondía una voluntad política transformadora.
Siguiendo la historia de la idílica postal, es el pintor polaco Zygmunt Kowalski quien la lleva al estrellato: pintaba sin parar, llevaba su caballete a distintos rincones de este territorio y llenó las paredes de colecciones privadas con sus pinturas colmadas de árboles y el ahora típico camino colorado en el centro. Su pintura fue una forma de enraizarse en un territorio ajeno y de retratar paisajes que hoy, por los cambios hechos por el humano, desaparecieron. Es así que funda una escuela de pensamiento sobre el paisaje misionero y canoniza esta imagen. Incluso el artista conceptual Oscar Bony, mientras vivía en la provincia, dejó registrada en lienzo su versión de esta postal.

En una primera mirada con la lupa a cuestas, es en ese camino de tierra roja sangre donde detecto un olor extraño, un zumbido molesto, algo que está naturalizado pero que quiere hablar. Prestando un poco más de atención, ese camino en la selva muestra la huella de una forma particular de practicar la humanidad. Junto a él no solo se representa al humano, sino que siempre lo acompañan las huellas de un carro, un auto o un tractor que lo han transitado. Súbitamente, veo que ese camino está hecho para ellas, las máquinas y sus motores, que se convierten en las nuevas divas de este paisaje local. Todos estos años viendo esas pinturas y nunca me había dado cuenta que lo que enaltecen es el poder humano, que se abre paso heróicamente en terreno considerado hostil mediante la ayuda de la máquina. Esta postal se vuelve entonces un retrato de esa alianza humano-máquina, como una forma particular de habitar el territorio importada por inmigrantes al llegar a esta tierra subtropical.
Algunos hilos de memorias empiezan a brotar y aparece el cuento de Horacio Quiroga “La guerra de los yacarés”3. En este cuento, Quiroga describe este complejo maquínico donde el vapor que navega el río no es un simple visitante, sino la herramienta que reconfigura el territorio. Al igual que el rastro del tractor en la tierra roja, la embarcación impone una nueva lógica de circulación. El paisaje deja de ser un espacio puramente biológico para convertirse en una ruta técnica, una síntesis donde el humo, el hierro y el agua forman una nueva realidad local.
Abriendo caminos
La importancia de los caminos, tanto en el imaginario provincial como en el turístico, es tan profunda que constituyen el ADN de nuestra historia. En 1901, una de las primeras expediciones turísticas hacia las Cataratas fracasó ante la inexistencia de infraestructura y la densidad de un monte que no se dejaba habitar por la comitiva que llegaba desde Buenos Aires. Fue entonces cuando una de sus participantes, Victoria Aguirre, figura importante de la clase patricia porteña y sobrina segunda del reconocido pintor Prilidiano Pueyrredón, realizó un aporte de tres mil pesos para abrir la primera picada que uniría el puerto con los saltos4.
Este gesto no fue al azar, sino una extensión de su linaje. Descendiente del apellido que en Buenos Aires definía el canon de la pintura nacional y el retrato dominante, en Misiones financiaba la «herida» necesaria para que ese paisaje fuera posible. Al pagar por la apertura de la selva, Aguirre no solo fundó la ciudad de Puerto Iguazú, que durante décadas se llamó Puerto Aguirre en su honor, sino que inauguró la postal turística como dispositivo de poder. El deseo de ver de una elite porteña, formada en la apreciación estética del arte europeo, necesitó de la máquina y el desmonte para convertir el misterio impenetrable de la frontera en un objeto de consumo visual. Así, la historia del arte argentino y la historia urbana de Iguazú se sellan en una misma acción: el financiamiento de una ruta para que la mirada urbana pudiera, por fin, «consumir» la selva.

Por otro lado, el turismo también fue utilizado como forma de conquista de la frontera. Años después del aporte de Aguirre, en la década de 1930 y bajo la Dirección de Parques Nacionales de Argentina, se establece una política de Estado que, mediante proyectos arquitectónicos en estas zonas turísticas, expresaría de forma tangible y habitable los programas de integración nacional impulsados desde el gobierno nacional. Según el investigador Jens Andermann, la arquitectura en estos parques debía inventar representaciones de una naturaleza misionera domesticada. Al mismo tiempo que impulsaban la transformación física del entorno, resolvían imaginariamente las demandas contradictorias de preservación y explotación del ambiente natural, de colonización y desindigenización de zonas de frontera, de custodia de una mítica “esencia Salvaje”5.
Yendo en contraposición, la pintura “Lo que queda” (2018) de la artista Agustina Navarro funciona como una contra-postal necesaria. En ella, Navarro retrata la selva frondosa asediada por su propio desguace, con campos desmontados, monocultivos y máquinas que operan sobre el fuego del monte. En esta obra, el paisaje ya no surge de una imaginación romantizada del territorio, sino que se revela en su verdad material y contemporánea. Es el paisaje concreto que se ve al habitar el territorio, donde emergen los sujetos y las cicatrices que permanecían ocultos tras el velo de la fantasía idealizada.
Así se va derritiendo el relato que rodea a este camino colorado que reaparece como el eje visual de una naturaleza parquizada, reducida a un decorado habitable y seguro para el turismo nacional y la explotación industrial. Al capturar la selva bajo esta perspectiva, la postal resuelve visualmente la expulsión de los cuerpos indígenas y la domesticación del territorio, convirtiendo la herida abierta del extractivismo en una marca de identidad pintoresca y en un producto de consumo para la mirada urbana.
Con el tapiz de la imagen canonizada deshilachado, empiezo a ver otros hilos de lectura que se abren, pero para respetar un tiempo de lectura de revista, voy a seguir esta historia en otras entregas.
- Museo Nacional de Bellas Artes. Picada. Carlos Gualberto Giambiagi, Inventario 8456, Museo Nacional de Bellas Artes, https://www.bellasartes.gob.ar/coleccion/obra/8456 (Acceso 05/02/2026) ↩︎
- Para más información leer: https://diccionario.cedinci.org/giambiagi-carlos/ (Acceso 02/04/2026) ↩︎
- Horacio Quiroga. (1918). «La guerra de los yacarés». En Cuentos de la selva. Buenos Aires, Argentina: Editorial Cooperativa Editorial Buenos Aires. ↩︎
- Diario El Territorio. (11/10/2015). Doña Victoria Aguirre y la fundación de Puerto Iguazú. Disponible en: https://www.elterritorio.com.ar/noticias/2015/10/11/450808-dona-victoria-aguirre-y-la-fundacion-de-puerto-iguazu (Acceso 02/04/2026) ↩︎
- Jens Andermann (2018). Tierras en trance. Arte y naturaleza después del paisaje. Metales Pesados. ↩︎

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