En el último año, las redes sociales se consolidaron como un verdadero campo de batalla. De un lado, el presidente Javier Milei y su séquito de seguidores. Del otro, críticos, periodistas, exfuncionarios e incluso quienes alguna vez acompañaron al gobierno. En el medio, una constante: el insulto como protagonista.
Pero esta dinámica no es nueva. Lo que cambió fue el formato. Cada vez que observo un cruce en X —ya sea entre Milei y periodistas, o entre figuras del oficialismo y la oposición— no puedo evitar pensar, salvando las distancias y con el debido respeto histórico, en los enfrentamientos entre Sarmiento y Rosas, o en las críticas de Alberdi hacia Sarmiento. La confrontación siempre existió. La diferencia estaba en el nivel del debate.
Sarmiento describía a Rosas con una crudeza tan feroz como elaborada: “Y la Esfinge Argentina, mitad mujer, por lo cobarde, mitad tigre, por lo sanguinario”. Alberdi, en sus Cartas Quillotanas, advertía sobre Sarmiento con ironía y precisión: “Toma entre ojos un hombre que no piensa como él… Insulta desde luego al pretendido emisario; y ante la represalia natural de éste, ‘¿Lo ven ustedes?’, replica… ‘¿No dije yo que ese hombre tenía encargo de criticarme?’… Es un simple arbitrio de su amor propio”.
Había dureza, sí. Había confrontación, también. Pero había, sobre todo, ideas. Hoy, en cambio, buena parte de la discusión pública se reduce a descalificaciones inmediatas: “basura inmunda”, “gran basura”, y otras variantes que poco aportan más allá del impacto momentáneo. La historia, en algún punto, se repite. Pero esta vez lo hace en versión digital: más rápida, más ruidosa y, muchas veces, más pobre.
Pasamos de debates intensos pero argumentados a reacciones impulsivas y vacías. De cartas que construían pensamiento a tuits que, con frecuencia, lo erosionan. Y ahí está el problema. Porque si conocer la historia sirve para no repetirla, también debería servir para superarla. Parafraseando a Alberdi: se reemplazan las ideas por insultos; se interpreta la realidad desde los odios.
Tal vez sea momento de invertir la fórmula. Por el bien de nuestra cultura —y de nuestras propias conversaciones—, volver a reemplazar insultos por ideas. Aunque sea menos viral. Aunque no acumule tantos “likes”. Es, al menos, un poco más digno.
Brisa Bujakiewicz
Capital Federal, Argentina

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