Doce horas y viñetas en digresión de una jornada de derrota
UNO. Desde hace un tiempo retorno a esos libros que representan un verdadero arte de la digresión, esos textos extraordinarios que rompen en algún punto con el hilo del discurso principal y se aproximan a temas que (aparentemente) no tienen que ver con el asunto central de lo que se está abordando, pero que tienen claro su horizonte. Pienso en Un séptimo hombre, de John Berger; en El Danubio, de Claudio Magris; a nivel local, en El río sin orillas, de Juan José Saer. Tres ejemplos con un tema definido (la migración de los trabajadores en un caso, la civilización mitteleuropea en el otro, la Argentina narrada desde su relación con un río en el último), pero que navegan en las aguas del ensayo, la crónica, la narración, que toman un recorte de la prensa o un poema. Son escrituras del fragmento, aptas para una época estallada y que no se anima a las proclamas enfáticas.
DOS. Un día antes del tratamiento del proyecto de reforma laboral en la Cámara de Diputados, después de dos días feriados consecutivos, la Confederación General del Trabajo anunció un paro general atado a la convocatoria a sesiones extraordinarias del gobierno nacional. La falta de contundencia en el discurso, la cuestionabilidad de una representación sindical sempiterna que se perpetúa por décadas de manera monárquica en sus cargos como interlocutores de los trabajadores ante el capital y el aire de revanchismo patronal que se respira hasta por las pantallas de un celular o en los audios de WhatsApp, entre otras cosas, probablemente hayan contribuido a que el paro no se haya sentido como habría sido necesario. Es decir, para que no se aprobase la reforma.
TRES. Este punto de vista es uno más, pero se escribe desde la ciudad más rica del país, Buenos Aires. La capital. A E. le tocó trabajar hoy (es decir, lo obligaron a ir por sus propios medios hasta su lugar de trabajo, bajo amenaza, como pasa ya sin la reforma). La oficina queda a 7 km. Se levantó temprano, se calzó la mochila con una remera de más por la transpiración y con lo mínimo y necesario y se puso a caminar. Cuando pasó por el límite entre Caballito y Almagro, le llamó la atención uno de esos “cafés de especialidad” que tienen todos la misma estética de azulejos de algún color extravagante, mesitas y sillas de plástico incómodo y menús con nombres de bebidas y pastelería también un tanto singulares. Son lugares donde lo único que se puede respetar es a quien atiende porque se está ganando el salario y bueno, si no queda otra se hace tiempo tomando un café ahí. Lo llamativo es que el local estaba cerrado, y en su vidriera lucía, en distintos sectores, la inscripción CERRADO POR TIEMPO INDETERMINADO. Al lado hay un local partidario de la Unión Cívica Radical que, tal como E. recuerda, exhibió a partir de noviembre de 2023 y durante muchísimo tiempo, las siglas VLLC! pintadas en su fachada. Tal vez después de algún exabrupto o escándalo, algún correligionario mandó tapar la pintada con el nombre nuevo del partido y mantener el original. Todo sea por guardar las apariencias.
CUATRO. Un laburante abre la puerta de un negocio en Recoleta. Mira para todos lados hasta que localiza a alguien en el mostrador:
—Flaco, no sabés si está pasando algún bondi…
—No, che, todavía no pasó ninguno…
—Pero no sabés si el 110 pasa, o el 59…
—No, no los veo pasar, estoy acá hace horas y la parada está vacía, y bondis no se ve ninguno.
—Chau, gracias.
No se anima a entrar del todo. Mira el local repleto de mercadería pero vacío, como si algo de la realidad se le hubiese revelado de golpe. Que no tiene un mango, que lo obligaron a trasladarse y no sabe cómo volver, quién sabe. No se puede estar en la cabeza de otro.
CINCO. La esquina de Gallo y Corrientes está mucho más congestionada de tráfico que lo habitual. Como tomar la acción de parar para mostrar el rechazo puede ocasionar la pérdida del trabajo, hoy el que tiene coche (y se gasta un tercio del sueldo en mantenerlo para una vuelta de fin de semana o llevar a los pibes al médico o de paseo) lo sacó para acercarse hasta el laburo, o le pagaron un Uber, o un Didi, o un Cabify. El resultado es que no habrá movilizacion convocada por la CGT, pero la movilización de la fuerza de trabajo, coaccionada o siguiendo la mano invisible del mercado (cada vía más visible y sabiendo quién sale ganando siempre), es total.
SEIS. Hay instituciones no necesariamente asociadas a la clase política ni a los sindicatos que han decidido parar para manifestar su desacuerdo. Librerías, bibliotecas, lugares realmente afectados han decidido sumarse a la medida y lo han expresado públicamente, a la manera de los dreiffusards ante el caso Zola. Otros han mostrado que continúan abiertos, a pesar de presentarse como contrarios al gobierno.
SIETE. Dos muchachos que trabajan para una app de reparto hacen un parate en una esquina de Balvanera. Obviamente, el paro les pasa mucho más lejos que por al lado. Del acento de uno se puede deducir que es venezolano. Dice: “hoy seremos esquiroles”. Su compañero, argentino, le corrige: “Acá decimos carneros”. Con esa palabra, tomada de un refrán popular que refiere a un carnero que fue encantado por la lana y volvió esquilado, se designa en Argentina a los rompehuelgas. Los que, en un día como hoy, con el uso de la fuerza, de la amenaza o de la falta de conciencia de clase, siguen como si nada pasara. Por otro lado, dentro de la misma ciudad, pero en Mataderos, se manifestaron masivamente contra la medida, incluso con temor a la aplicación del protocolo antipiquetes, logrando un corte total del tráfico en la intersección de la avenida Alberdi con la calle Murguiondo.
OCHO. En Con el sudor de tu frente. Argumentos para la sociedad del ocio, Osvaldo Baigorria compila intervenciones a favor del ocio en tanto que categoría opuesta al trabajo. Una de las intervenciones más destacables es de Marcuse, a quien se recupera muy lentamente hoy en día (la pacatería intelectual privilegia a un filósofo coreano que publica mucho y dice poco), y afirma que mientras hombres y mujeres trabajamos no satisfacemos nuestras propias necesidades, sino que trabajamos enajenados. El trabajo, continúa Marcuse, ha llegado a ser general (algunos tenemos hasta tres trabajos para más o menos sobrevivir) y tiene las restricciones impuestas sobre la libido: el tiempo de trabajo, que ocupa la mayor parte del tiempo de vida individual, es un tiempo doloroso, porque el trabajo enajenado es la ausencia de gratificación, la negación del principio del placer. La libido es desviada para que actúe de una manera socialmente útil, dentro de la cual el individuo trabaja para sí mismo solo en tanto que trabaja para el aparato, y está comprometido en actividades que, por lo general, no coinciden con sus propias facultades y deseos. El problema principal parece ser ese, debatir la categoría equivocada. También por respetar en términos intelectuales a quien defiende los supuestos beneficios de esta “reforma”: donde hay esclavitud, hay sumisión y no hay respeto posible.
NUEVE. Oído al pasar por un negocio:
—Hoy se trabaja. Yo soy rompehuelgas. Al que no venga, le voy a pagar el sueldo a mitad de marzo. Se toman un Uber y vienen, qué tanto joder.
DIEZ. Esteban fue despedido hace quince días. Enrique fue a pedir el retiro voluntario en medio de un otorgamiento generalizado en el banco que lo emplea y se lo negaron, con la excusa de que están esperando que salga la reforma para agilizar las cosas. Juan vende su fuerza de trabajo a capitales en el exterior y cobra en dólares. Mariano dejó el tenis porque no lo puede pagar. El ingreso y el trabajo son el insomnio y la privación de la persona que pasa al lado tuyo por la calle (si es que la registrás, si es que estás afuera de TikTok o del meet corporativo X).
ONCE. En un texto que se enseña en una cátedra de la Universidad de Buenos Aires, un conocido intelectual todavía vivo argumenta que cuando el trabajo no estaba protegido por leyes, a pesar de tener condiciones infrahumanas, se registraba mayor movilidad social ascendente y una mayor tasa de ocupación.
DOCE. Ya es de noche. Sigue habiendo protestas. Hubo represión (la hay casi de manera cotidiana desde hace tres años). En tanto que les hace minimizar las luchas del presente a muchos que se jactan de un pasado combativo y se reconocen dentro de un mínimo campo que no se sabe por qué se sigue haciendo llamar “progresista”, cuando el progreso es más bien, como dice Christian Ferrer, ese futuro rotativo que aplasta y arrolla a sus propias promesas, la melancolía es una cagada grande.
Facundo Fontanella
Ciudad Autónoma de Buenos Aires

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