En los días finales de los –infinitos, siniestros y dionisíacos– noventa, Charly García publicó un álbum grabado en la mismísima quinta presidencial de Olivos con el compañero innombrable y seductor, por entonces presidente de la Nación. En charla distendida y con la animación del gran Pipo Cipolatti, cantaron algunas canciones. Eran las épocas de El aguante, que había salido el año anterior. Junto a Charly estaban María Gabriela Epumer, los Di Salvo en violonchelo y violín, Mariela Chintalo en saxo, Diego Dubarranay en bajo y el histórico baterista de Virus, Mario Serra. El álbum tuvo una tirada mínima, apenas para circular entre amigos. Poco después se viralizó en la web.
El repertorio incluía canciones compuestas junto a Pipo para la franquicia del programa de catch ideado por Martín Karadagian, Titanes en el ring, un par de temas de la etapa solista de Charly y algunas versiones de gemas del rock anglosajón: una de Neil Young, un clásico de Procol Harum y una canción de Robbie Robertson, compositor, cantante y guitarrista de The Band. Se trataba de The Weight (El peso), que había aparecido en el álbum Music from Big Pink (1968). Una casa rosada que también solía frecuentar Bob Dylan, ofrendando sus canciones.
En la versión de Robertson, la canción cuenta sobre un viajero que llega a Nazareth (en Pensilvania) y, mientras va solicitando ayuda, recibe indiferencia, negación y responsabilidades. En el coro, le dice a Fanny que se libere y ponga su carga en él. Paradójicamente, quien proclama la liberación de las cargas es quien se hace cargo de ellas. Pura hermenéutica cristiana en el valle de Lehigh, entre Blue Mountain y South Mountain. Para Robertson se trata de la imposibilidad del camino hacia la santidad. Cada personaje que aparece en la canción está lidiando con sus propias cargas: el desconocido que le niega un lugar para dormir, Miss Moses –say no more–, Carmen y el diablo inseparable, Luke esperando el juicio final, pidiendo que cuide a Anna Lee; y Chester, el loco que ruega que alimenten a su perro. Mientras el viajero repite, le dice a Fanny (quien fue quien lo mandó en ese camino para perpetuar los recuerdos de ella):
Take a load off, Fanny (Quítate una carga, Fanny) / Take a load for free (Toma una carga gratis) / Take a load off, Fanny (Quítate una carga, Fanny) / And (and, and) you put the load right on me (Y pusiste la carga sobre mí).
Charly García reelabora la letra y sostiene el espíritu mántrico de la canción. En vez del viajero que llega a Nazareth, dice que nació en Jerusalén con un feeling imposible. Alguien a quien le cuesta encontrar un lugar. “El tiempo y la distancia ya no existen para mí”, reflexiona Calamaro. Cuando pidió un lugar para dormir, un extranjero le dijo que se tenía que ir. Si le piden auxilio, no puede dejar de dar, a pesar de los excesos y de las “cuarenta y siete botellas” que ocuparon gran parte de la vida. Las mujeres lloran aceptando el destino y la sanación. Adictos a la contradicción, parte de la religión y creyentes en la Virgen María, en María Magdalena y en el Espíritu Santo (“un humito nomás”). Lo sagrado por encima de la heterodoxia, a flor de piel en la sensibilidad del sexo. Por eso, a diferencia del viajero que Fanny encomendó, Charly dice:
Saquen este peso, sáquenlo de aquí, / Saquen este peso, / El peso que pusieron en mí. / Saquen este peso, sáquenlo de aquí, / Saquen este peso.
Ahora bien, ¿de qué estamos hablando? El peso que llevamos encima es el de la culpa, el del pecado. Tanto el viajero que llega a Nazareth como aquel nacido en Jerusalén, cada uno en su road movie, cargan en sus cuerpos aquello que no pidieron y que les fue impuesto. Ninguno tiene claro cómo arraigarse ni cómo adecuarse a la respiración del lugar. Como legado, herencia, que va imponiendo condiciones en cada inocente y descuidada resignación. Y el origen que da pie a la metástasis es el miedo que –como escribía Pucho Lauritto– está en el corazón de todo (“cualquier miedo imbécil anida allí”). Esa cárcel sin rejas se alimenta a cada paso, en cada instante, en el mismo momento en que la palabra se arraiga en las pantanosas oscuridades del temor.
La contracara, o mejor, la densidad de lo que cuenta la canción está en el carácter epifánico de lo sagrado. Cada cual, a su modo, en el paisaje semántico del acervo donde abrevan: en Robertson, apelando al old weird America –en el decir de Greil Marcus–, y en García, en el palimpsesto del rock argentino y su propia obra. En ese viaje surreal, el polvo del camino es comunitario. Y es sagrado, además. Tópicos como el destino, la muerte y Dios aparecen prefigurados en la marcha de esclavos (israelitas bíblicos, afroamericanos del sur de Estados Unidos) que bajan del monte Sinaí liderados por… ¿una mujer?: Go Down (Miss) Moses! Hoy serían palestinos. El coro (gospel) dice:
“No necesitamos siempre llorar y llevar luto / Deja ir a mi pueblo / Y llevar estas tristes cadenas de esclavitud / Deja ir a mi pueblo.” (Go Down, Moses, Spiritual blues).
“Voy a cantar una canción que se llama El peso, un peso, un dólar”, dice Charly antes de tocar el tema en la quinta. El país comenzaba a resquebrajarse; las joyas de la abuela habían sido vendidas, el año dos mil se avecinaba con altos índices de desocupación, estómagos crispados y mucha muerte en las calles. La moneda, el peso, sin valor. Un peso volátil entre monedas regionales y un dólar inalcanzable. Como dijo la actriz Charo López, ser hijo de puta estaba de moda en aquellos días. Ni como tragedia ni como comedia. En estos días se respira el mismo aire. Ante la crudeza de las políticas del odio, la perversidad y la indiferencia individualista, es el espíritu comunitario el que se rebela en el sacro ritual de lo solidario. La mirada piadosa desnuda el carácter cruento del excel disfrazado de equilibrio. La frase atribuida a Jesús en los evangelios dice que “es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de los Cielos” (Mateo 19:24, Marcos 10:25 y Lucas 18:25). No se trata de instituciones religiosas anquilosadas, de rituales burocráticos vacíos, ni de discursos de odio escondidos en nombre de la fe. “Es parte de la religión / Matar es parte de la religión / Mentir es parte de la religión”, había escrito Charly García en el ochenta y siete.
El peso de la razón (económica) encadena amaneceres. La dimensión poética o mística del mundo, como tantas veces, viene a mostrar –en su delicada e inestable manifestación– el rostro de lo que llamamos humanidad. En esa incertidumbre de la fe radica su poder. Lo inexplicable alerta nuestra susceptibilidad. En el complejo entramado de significaciones y sentidos vislumbramos el gesto piadoso de ponernos en el lugar del otro. Del otre.
Así como Robbie Robertson –allá en los tempranos sesenta–, en Gotham Book Mart, en la calle 47 al oeste de Manhattan, le pidió a la dueña de la librería, Frances “Fanny” Steloff, los guiones de las pelis de Buñuel e inmortalizó su nombre en el estribillo de una canción mántrica que astillaba lo sagrado. Así como Charly García, en el tiempo liminar de un poder que presumía su abismo, trajo a la memoria aquella melodía y puso las palabras del camino recorrido por su obra en el campo del rock argentino, creando metáforas de lo que vendría.
Así es que vislumbramos, en tiempos de clara derrota, efímeras visiones de una humanidad que persiste como las viejas baladas, en una tozuda lucha en pos de un mundo más justo, amable y piadoso. La fe, como aquello que da sentido, no es patrimonio de iglesias hegemónicas, normativas y de dudosa institucionalidad. La fe es visión poética, es el portal para entrar en la matriz sagrada de la existencia. Ese es el peso que –creo– debiéramos cargar, en alucinada y visionaria levedad.
Café Azar
en los albores del anteúltimo mes de dos mil veinticinco;
en Posadas, Misiones, RA.

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