la necesidad de que la imaginación ocupe un lugar en la educación; a quien tiene confianza en la creatividad infantil; a quien conoce el valor de liberación que puede tener la palabra. ‘El uso total de la palabra para todos’ parece un buen lema, de bello sonido democrático. No para que todos sean artistas, sino para que nadie sea esclavo
Gianni Rodari, Gramática de la Fantasia
I.
Si les propongo a los niños leer y escribir, las dos caras de una misma moneda, es para que tengan un vínculo diferente con las palabras. Precisamente porque las palabras tienen un vínculo particular con el mundo que nos rodea. Es un vínculo problemático… ¿las palabras representan al mundo?, ¿lo reflejan?, ¿lo construyen?, ¿lo deforman?
Escribir es otra forma de pensar la relación entre el lenguaje, la verdad y lo real. Nos da la posibilidad de darle tiempo y dimensión concreta a nuestra propia experiencia, para nosotros y para los otros. Nos permite compartir mundo. Este mundo en el que vivimos; terrible, cruel, devastador, insensible. Pero también el mundo que soñamos; justo, equitativo, feliz, prometedor. El mundo que elegimos habitar a mitad de camino entre lo real y el sueño; mezcla de cielo y de infierno, lleno de esperanza en medio del horror. Ese mundo muchas veces se esconde tímido entre nuestros anhelos y va tomando forma si lo decimos, si lo contamos, si lo narramos.
Escribir nos obliga a salirnos del ritmo diario para intentar aprehender algo de lo que sucede alrededor y también dentro nuestro. Las palabras pueden ser instrumentos de conocimiento. Pueden ser un lugar de pregunta(s) y de búsqueda. Escribir nos permite narrar el mundo en una relación descriptiva que implica distancia y pensamiento. Ese espacio que creamos con la escritura es una caja de resonancia de otras voces y otros modos de contar/cantar. A eso se refiere Alejandra Pizarnik cuando escribe “Explicar con palabras de este mundo que partió de mí un barco llevándome”.
Escribir no para ser escritores sino para ser personas sensibles ante la cualidad y dualidad de las palabras y del mundo que en ellas mora, para poder pensar sobre el modo en que conocemos el mundo.
¿Por qué no regalar el nido, el refugio de las palabras a nuestros chicos? También como un legado, una herencia y así tejer memoria para transmitir la experiencia de la especie y unir pasado, presente y futuro. Se revela entonces la relación de las palabras con el tiempo cronológico y con la continuidad de la vida. La vida sin relatos es una vida vacía. Las historias de nuestros antepasados nos dicen que no estamos solos, que otros antes que nosotros sobrevivieron, sufrieron y amaron. Y que de algún modo formamos parte de esa continuidad, de esa historia.
II.
Voy de a retazos, de a pedazos escribiendo esta suerte de defensa de la escritura. Porque la escritura de estos tiempos es breve, por la falta de tiempo y de espacios. La escritura, para ser, necesita de un tiempo y de un espacio determinados; a eso se refería Virginia Woolf cuando hablaba del “cuarto propio”. Y sí, la escritura se lleva a las patadas con la vida cotidiana y las demandas de la subsistencia material más inmediata. Sin embargo, mucho de la materialidad de la escritura es la vida misma; se retroalimentan.
Yo no me imagino una vida sin escritura. Sin el acto de escribir, de contar vicariamente el mundo que me rodea. Pienso estrictamente en la práctica de escribir, de dejar en trazos algo de nosotros.
Cuando era adolescente estaba muy de moda tener un diario íntimo y era un regalo común de alguna tía o abuela para nuestros cumpleaños. Hermosos y rosados cuadernos con candado y llave incluida para poder volcar nuestros secretos y emociones. La escritura femenina era íntima, privada y de cosas que no debían ver la luz de lo público.
Los varones no tenían diarios íntimos. La escritura “confesional” era cosa de chicas. Creo que el único lugar donde se veían motivados (u obligados) a escribir era la escuela. La escritura pública, para otros y factible de ser evaluada.
En la escuela se escribía mucho. Se leía mucho. Eran las dos prácticas constitutivas del quehacer escolar. Y ese ejercicio que luego fue ridiculizado con la “Composición. Tema: La Vaca” nos obligaba a todos a enfrentar la hoja en blanco y ordenar el pensamiento para volcarlo al cuaderno. No importa lo que podíamos decir de la vaca, lo importante era escribir. Aunque fuera sobre algo tan lejano a nuestra experiencia vital como una vaca. Y escribíamos, teníamos que decir algo. Aprendimos así que no es lo mismo escribir que decir, que la lengua escrita y la oral son diferentes. Que esos trazos y letras tienen una lógica distinta, que se estructuran con otras reglas y que la gran ventaja de lo escrito es que nos permite volver sobre lo ya fijado y corregirlo. En la lección oral estábamos lanzados a la invención o al silencio y si nos equivocábamos no había oportunidad de modificarlo.
Y la escuela era casi el único lugar donde se escribía. Había bichos raros que seguíamos haciéndolo siempre, a toda hora, en todo lugar, en papeles, cuadernitos, lo que sea.
Escribir porque requiere tiempo, distancia y paciencia. Ofrecerle eso a un niño hoy, a cualquiera en realidad, es ofrecerle un hogar, un lugar donde el mundo queda afuera. Un lugar para estar a salvo de las exigencias de todo tipo. Un lugar para ser más allá de todo.
Y en estos tiempos tan desesperanzados, llenos de horror y de crueldad, pienso en mis hijas y en los gurises y gurisas con los que me cruzo a diario en la Biblioteca. Y me doy cuenta de que las palabras no alcanzan y a la vez son suficientes, que no se puede hacer otra cosa más que narrar, contar por escrito nuestro paso por este mundo. Compartir nuestra maravillada mirada sobre aquello que nos asombra o nos da pavura.
Elijo legar a nuestros chicos ese mundo que vive entre nuestras letras, que crece en nuestros sueños. Y que a fuerza de contar se vuelva real, se vuelva posible. Elijo creer que sentirán el aliento de mi voz detrás de las letras, que sentirán el calor de mi mano aunque ya no esté y sea mi ausencia quien les acompañe. Yo estaré ahí, en lo que escribí y será testimonio de mi tiempo pero también del mundo que soñé para ellos.
Laura Abián

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