En momentos como este, es necesario tener una fe a disposición,
un espacio ancho y sereno de inocencia en el que no intervengan
razones y sea posible sobreponerse al sinsentido de la realidad.
Carmen M. Cáceres, La ficción del Ahorro (2024)
Leí La ficción del ahorro1, de Carmen M. Cáceres, publicada por Fiordo. Me gustó muchísimo. Entre tantas cosas que se me ocurren para decir, quiero desembarazarme primero de lo siguiente: me causó mucha gracia. Es algo sorprendente, si tomo como referencia algunas novelas contemporáneas leídas durante los últimos años, que el grueso de las apreciaciones que tengo el deseo de formular vengan de la mano desde el mismo sitio, desde el mismo centro o núcleo del texto: la voz narradora.
Pero, ¿qué decir precisamente? Equilibrio. Esa es una buena ventana para espirar adentro. Recursos en la escritura que no dejan de tener un pie en la pirueta y otro en la necesariedad. Técnica: orden–dinamismo, así, en tándem.
Vuela y tiene sabor. Hay oraciones que podrían gustarle a Emerson. Continuidades sofisticadas. Algunas arbitrariedades se justifican gracias a nuevas arbitrariedades, y aunque eso a priori pueda ser una desgracia, de algún modo todas caen de pie.
Una mirada y una captación de los espíritus que hasta le agregan, a estas consideraciones, una pizca de envidia. Hay deseos –por suerte oportuna y profesionalmente reprimidos– de encontrar y tejer razones y argumentos para decir: no, en realidad no es la gran cosa. Pero sí, es una gran cosa. Quizá, lamentablemente, una gran cosa light. Una gran cosa de pocas páginas. Pero vuela, recordemos. El pájaro, para volar, necesita de huesos huecos. Y la gracia está en que vuele. Entonces es relativo: excelente novela dentro de los límites del conjunto de novelas de este tipo, con alas y huesos huecos, con plumas de distintos colores según cómo les pega la luz, trinos refrescantes, orgullosos y seguros de sus vericuetos. ¿Por qué para ponderar algo habría que también en algún momento contarle las costillas? Qué mala costumbre.
Está dividida en tres partes. A su vez podría ser, la novela toda, la primera parte de otras tres partes. Transcurre en Posadas, en un verano bochornoso y ardiente –como el que nos espera a la vuelta de la esquina. Hay un montón de plata ahorrada, la crisis argentina del principio de siglo, una casa, un patio con un árbol, una familia, un barrio, un Paraná.
Quiero decir más sobre la voz narradora: podría conducirnos a un verano–burbuja debajo del río y estoy seguro de que igual la seguiríamos. Eso tiene, nos lleva. Es como subirse a una patineta –lo esperable era que dijese: a un pitogüé, a un tucán, a un hornero.
Algunas piruetas a tener en cuenta: elemento desapercibido del principio cierra la secuencia; digresiones que hacen proliferar la vida entre los acontecimientos que establecen la cadena causas–consecuencias; paralelismos que construyen en conjunto algo más amplio. Como sea, todos los recursos parecen actuar en función, siempre, del equilibrio. Imágenes muy efectivas, certeras, lúcidas. Recalco: da gracia. La recomiendo –con una mezcla de fervor disimulado y liviandad irresponsable. Eso sí, levanta vuelo y aterriza.
- Novela que a principios de esta semana ganó el Premio Fundación Medifé Filba. El jurado estuvo integrado por Alan Pauls, Alejandra Kamiya y María Moreno, quienes eligieron la novela entre otras cinco finalistas ↩︎

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