Cuadros de Carlos Marcial, Fotos de Lu Pass. Espacio Tanta Tinta. Posadas.
Por qué poner en palabras tantas imágenes. Eso es lo misterioso, lo que hay que entrar a averiguar.
Averiguar además qué son los paisajes personales.
Un corredor más largo que ancho para ingresar a un sitio. Con imágenes que te retienen. Las galerías de arte nacieron como pasillos atractivos, finos túneles donde lo importante no es avanzar sino detenerse, donde lo primordial no es el punto de fuga, la luz misteriosa, sino los costados que te hablan. Apenas entrás a Tanta Tinta disfrutás un homenaje, una réplica subrepticia de un Areu Crespo robado, uno de los carnavales en la plaza 9 de julio. Es una versión de Carlos Marcial, reposición o ensueño de una postal celebratoria que debería reposar entelarañado en sótanos criminales pero vuelve en la memoria, se sostiene ahí, en la pared izquierda del pasillo de entrada por una operación de mi vista en Marcial. Al lado tenés nada menos que un Dalí, que anuncia que estamos entrando a un espacio cultural y gastronómico, a través de una obra en la cual cada objeto de cocina tiene su mirada sobre nosotros: qué queremos, qué deseamos del sacacorchos, qué ojos vemos en el queso y la botella.
En frente tenés a gemelas Torres, toda una declaración, y también al Noé-Marcial con su tormenta y algo nunca visto: dos cuadros iguales. Gemelos desparejos. El mismo en miniatura, no una seriación, no replicada (no vino Milo Locket a Tanta, todavía) sino una remarcación, un acento del autor en esa gigantografía de la foto del cuadro. El artista lo hace de nuevo, y el pigmento fotografiado no es que sea mejor, es otra obra, porque nadie da dos veces la misma pincelada.
Y siguiendo por el pasillo canal de arte, cabeceando de tantos llamados de atención de colores y formas, de lado a lado, hay una casa de gobierno aguada, como a mano alzada, y para maridar hay un Berni colorido. Marcial es todo. En la casita de madera de Patabolí hay un amarillo reflexivo que se verticaliza, como hace Catalano. Es que Marcial construye, construye en nosotros, los entrantes a Tanta, que todavía no llegamos a la explosión Lu Pass, en que la verticalización llega a extremos poéticos con sus protagonistas principales: la luz y la perspectiva.
La primera obra del trazado ya nos deja lejos del consumo, con esa decisión de girar un paisaje horizontal y sellar el marco de la puesta. Como las jambas del cielo de nuestra tierra, distorsionada, movilizada, sacada de su eje convencional, la foto resalta tres colores, tres improntas, que suben y retienen la mirada, como toda la colección: miradas detalladas, rompientes de claroscuros y bucólicos planos generales de la naturaleza, con líneas que se entrecruzan y coordenadas de dirección hacia la imagen contigua. El material pone en disputa la noción simplista de paisaje: el encuadre de un encuadre, el ramaje enmarcado, la conjunción de horizonte y plástico, horizonte y madera, horizonte y cuerda, la simetría intervenida.
¿Dónde irán a parar estas fotos, estos pedazos de papel extendido, después de su paso por estas paredes? ¿Al cajón, al baúl, al álbum de los admiradores o al perpetuo atril de la retina de los que posaron su mirada dos, tres, cuatro segundos, o gran parte de la parada sin scrollear? ¿Qué cambios irán a producir en el sujeto, en el curioso estacionado?
Termina la noche y toca retomar el pasadizo decorado, volver a la exhibición de la antesala. ¿Alguien se queda viendo la expo y después no entra? Choco con otras personas que miran los cuadros, el compenetrado olvida espaldas y hombros y choca. No tiene. No tiene nada. La galería tiene la función de tránsito y comunicación. Y el furioso poder de la pérdida, del ensimismamiento. ¿Se comunican estas obras? ¿Continúa una en otra, del pasillo de entrada a la galería techada? Hay una dinámica conjunta, un ritmo. Toda la combinación del genio de estos artistas hace pensar, sea cual fuere el día programado para el descuelgue, en el deseo de una postergación.
Santiago Morales
Posadas, Misiones

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