A veces siento que mi vida y mi escritura están hechas de frases sueltas, que el azar amontona con mayor o menor fortuna según cuales sean los vientos predominantes y la reacción que se genere en mi usualmente deficiente percepción de las cosas. Y después se apelmazan, se contaminan entre sí, como un manojo de papeles a los que sorprende la lluvia.
“Tus deseos son órdenes para mí”, muchas veces escuché en mi infancia esa frase, papá se la decía a mamá. Siempre con una sonrisa. Lo que me producía una gran ternura, pero al mismo tiempo me empujaba de una manera muy confusa a estar siempre alerta, preocupado por la sumisión al otro que todo amor parecía capaz de contener. Y cuando oía cada dos por tres en la escuela eso de “a sus plantas rendido un león”, sentía que quizá papá estaba rendido así, como un león, a los pies de mamá. Pero León era mi abuelo; papá no, él se llamaba David. Y David había sido un rey pintón, lleno de minas, un tipo recontra guerrero que reventó a Goliat; en suma, algo no me cerraba con ese papá David siguiendo sumiso y sin debate alguno las órdenes/deseos de mamá. Para colmo, por esos años escuché ese poema mexicano hecho bolero, que, entre otras cosas, afirma que “amar es llevar herido / con un dardo celeste el corazón”. Ahí sí la cosa me quedó clara, al menos por un tiempo: mamá le había lanzado con excelente puntería su dardo a papá, y le había dado justo en el centro del corazón.
Creo que desde esos años hasta ahora, el amor como problema, como tema de reflexión, pasó a ocupar una parte importante de mi vida. Como era de esperar no llegué a nada, así que esa clase de oscuro sentimiento continúa siendo un enigma para mí. Pero por supuesto, incidió en mis poemas y en mis narraciones. En el camino, como me sucede siempre, recogí muchas frases (o ideas, si ustedes prefieren) espectaculares, como la de Platón en El banquete, que dice más o menos así: “Cada uno de nosotros es una ‘mitad complementaria’ de un ser humano completo… y cada uno de nosotros busca siempre la otra mitad que le corresponde”. O la tan famosa de Lacan, “Amar es dar lo que no se tiene a alguien que no lo es”.
Debo decir que, debido a las tres novelas que escribí hasta ahora, y quizá gracias al empuje de esas frases que tienen una existencia propia y que vengo acariciando desde la adolescencia, como si fueran entrañables mascotas que cada tanto nos regala el lenguaje, con los años pasé a integrar una inmensa patota, la de aquellos narradores que, atrevidos, se deciden a esbozar al menos un trocito de narración que juegue a teorizar acerca de ese problema, el de la génesis de la atracción amorosa, sus características esenciales, y hasta su eventual permanencia a lo largo del tiempo.
Por ejemplo, en mi primera novela, “Darwin poeta”, el amor de pareja es monstruoso. Sí, monstruoso. Porque mi personaje, un Charles Darwin semirreal o semificcional, como ustedes prefieran, reflexiona allí sobre un amor perdido, y esboza su improbable teoría del monstruo. Por supuesto, desde una perspectiva masculina (como obviamente lo hicieron nada menos que Freud y Lacan): cada hombre, dice mi Darwin, lleva por siempre consigo y bien adentro algo así como un pequeño monstruo: una mujer eterna e imprecisa, ardientemente deseada pero sin sustancia ni contenidos.
Disculpen, interrumpo la exposición porque recién ahora caigo en la cuenta de algo, y salgo corriendo de aquí a buscar el primer poema que me publicaron en una antología, allá por mis 24 años. Comienza así: “Más allá de su perfil incierto que mis ojos construyen / corre el agua quieta de mis pasos buscándola lejos / porque no existe el apuro ni el amor se muere / si ella va conmigo porque ella duerme acurrucada en mis párpados…”. Es increíble, allí ya aparece el germen de esa teoría que 30 años después le hice desarrollar a mi Darwin en una novela. El tiempo se porta a veces como una cinta de moebius que nos trae, travestidas, imaginaciones antiguas.
Volviendo a Darwin, el tipo continúa diciendo que esa mujer es una especie de molde vacío, un recipiente flexible que a lo largo de la vida del hombre se va más o menos rellenando con cada mujer que él ama, y pareciera que ese molde en muchos casos va adoptando la forma de esas mujeres. Y el que se enamora nunca sabe bien qué compleja combinación de rasgos propios de esa mujer es la que lo atrae, y lo convierte en un sumiso satélite que gira a su alrededor.
Como ya se estará avivando cualquier psicólogo que se precie, esto no es solo una secuela personal de mi primer poema publicado, sino a la vez una vil paráfrasis de la famosa frase de Lacán. Por eso es que afirmo que, a pesar de que he leído libros extensísimos, mi vida transcurre más bien de frase en frase, verso a verso. Los dichos de mi padre, de Platón, de Lacán, un bolero, mis poemas…
Pero sigo con mi Darwin, que postula que el amor aparece frente a ciertas variaciones que diferencian a una mujer de otros especímenes de la especie, porque el hombre valora positivamente esas particularidades, de acuerdo a cómo entren en resonancia con ese molde que el tipo lleva bien adentro y a la vez busca sin saberlo: ese monstruo o molde vacío que cada vez se carga, en forma imperfecta, con un nuevo amor. Todo esto, insisto, no es más que un mero símil del bendito Objeto A de Lacan, ese motor eterno del deseo que jamás se acaba. Aunque papá, parece, habría zafado al llenar de una sola vez y para siempre ese molde; con mamá, por suerte.
Como la ficción tiene ciertas exigencias, por momentos mi Darwin retrocede desde ese lacanianismo básico hasta el Platón de El Banquete, se acelera y se lanza a refritar una historia que es el origen en Occidente de la teoría de la media naranja, una metáfora representativa de la tan escurridiza alma gemela, que cada uno podría encontrar si perseverara ardientemente en el intento. Y que no es otra cosa que el mito del andrógino primitivo, expuesto en El Banquete por Aristófanes: originalmente los humanos habrían sido seres con cuatro brazos, cuatro piernas y una cabeza con dos caras, a los que Zeus castigó cortándolos por la mitad y condenándolos a buscar esa otra parte perdida para volver a ser un todo. Ese sería el origen arcaico de la atracción amorosa.
Ya totalmente dominado por esas frases del bendito Platón, contaminadas, vaya a saber por qué circunstancia del momento de la escritura de esa escena, con algún dicho acerca del problema de la traducción de textos que ya no sé siquiera identificar, hice que mi Darwin lo contara así: “…me gustaba pensar, como los antiguos, que esa mano también había dividido mucho antes de Babel el cuerpo físico de los animales en dos mitades, hembra y macho. Dos mitades que se reencontraban en la cópula, pero que nunca podrían fusionarse por completo como en el origen, siempre habría una distancia entre ellas igual que entre las lenguas después de Babel. Y por lo tanto también sería eterna la posibilidad de la traición y la incomprensión. Pero sobre todo, y eso es lo importante, la necesidad de repetir en forma inacabable los intentos de volver a ser uno. Los humanos en el fondo lo sabemos muy bien y por eso seguimos intentando amar y traducir. Aunque sepamos que lidiamos con dos imposibles parecidos: la fusión completa con la persona amada, y una traducción perfecta”.
Para complicar más las cosas, hace muy poco leí en un libro de Pablo Gerchunoff sobre historia económica de la Argentina, la afirmación de que el equilibrio como sinónimo de armonía no existe, y que el equilibrio, en realidad, no sería más que un desequilibrio, al menos en potencia, un desequilibrio que está pronto a romper cualquier supuesta armonía, que por lo tanto siempre sería provisoria. Porque para el diccionario de la Real Academia, recuerda Gerchunoff, equilibrio significa “el estado de un cuerpo cuando fuerzas encontradas que obran en él se compensan destruyéndose mutuamente”, o también “la situación de un cuerpo que, a pesar de tener poca base de sustentación, se mantiene sin caerse”. Aclaro que Gerchunoff no escribe sobre el amor sino sobre la economía, esa otra mujer que, como la amada de Platón, y mucho peor la de Lacan, es tan móvil y huidiza como el horizonte, que como es sabido, siempre está más allá.
Lo importante aquí es que la cuestión de lo provisorio de cualquier tipo de equilibrio, me lleva en forma implacable a pensar algo que siempre me generó alguna sospecha en relación con esa repetida frase de papá, “tus deseos son órdenes para mí”. Porque a veces me parecía que la decía con una sonrisa irónica. Eso me incomodaba, pero a la vez me alentaba pensar que papá en realidad no se rendía ante mamá, no se postraba a sus pies, sino que intentaba tramitar un cierto equilibrio, aparentemente asimétrico pero que él celebraba. Aunque su sonrisa irónica parecía anunciar que, a la vez, siempre todo estaba en riesgo, como si fuera propio del amor estar condenado a bailar al borde del abismo, o a hamacarse sin red.
Podría seguir con otro personaje de la misma novela, Pixinginha, un músico que diferencia en sus teorizaciones los amores esenciales, esos que pasan a formar parte del ser más profundo del enamorado en cuestión, de los provisorios, que son como piedritas lanzadas a un estanque y que se hunden ahí sin dejar rastros, o, mucho peor, rebotan y hacen sapitos para perderse a lo lejos.
O un tal Viktor Sklovski, un escritor ruso que, cuando intentó enamorar a su musa, una tal Elsa, a la que le enviaba cartitas amorosas, la desgraciada le dijo que aceptaría cartas de él siempre que no le hablaran de amor. Víktor, con el alma herida y espinas en el corazón (otra de mis frases–mascota, y van…) compuso enseguida un libro, una especie de novela epistolar con cartas a su musa, que él llamó Zoo o cartas de no amor, y a lo largo de las décadas siguientes lo reeditó varias veces. Con diversos prólogos y justificaciones de tipo literario, que le permitieron seguir jugando con esas muy amorosas cartas de no–amor casi hasta la muerte, en una especie de solitario amoroso e interminable. Y en cada nueva edición, agregaba o sacaba cartas, o las reordenaba. Como si una combinación diferente de esas cartas de no–amor pudiera cambiar la historia o el destino de su amor imposible por Elsa, y el nuevo prefacio que siempre agregaba a cada edición fuera capaz de lograr ese objetivo oculto: darle a la nueva organización un sentido también diferente. Era ése por lo tanto un libro infinito, que crecía y se transformaba, y al que se le escapa eternamente su objeto, porque apenas rozaba en este caso a la musa que le arrancó ese libro de sus entrañas. Esa mujer inalcanzable de la que Víktor, verdadero provenzal en esas cuestiones, porque siempre mezcló amor con inspiración, estaba excesivamente enamorado.
En fin, podría hablar de las peripecias amorosas de varios personajes de mis otras dos novelas (y de las teorizaciones que pergeñan al respecto, no por necesidades epistemológicas sino más bien carnales: cauterizar las heridas de amor que la vida les inflige a repetición). Pero creo que con esto alcanza. Seguiré escribiendo novelas, y mis personajes seguirán siendo seres de papel (Barthes dixit) que en principio se configuran para ser leídos, pero a los que igual les transfiero la condena de tener siempre a una mujer incorpórea pero eterna, acurrucada en sus párpados.
Pero ya que venimos abusando de las frases sueltas o no tan sueltas, y solo para volver un poco más denso este recorrido antes de terminar, agrego una definición que domina toda la escritura de, al menos, mi primera novela, la ya mencionada “Darwin poeta”. Es la siguiente, y la dijo hace muchos siglos un griego, un tal Heliodoro: la novela es una serpiente enroscada en la que nunca se puede saber dónde está la cabeza. Como adelantó el maldito griego, mis propias novelas son para mí tan inalcanzables –o inabarcables– como esa mujer incorpórea que llevamos adentro.
En fin, reconozco que siempre revisito críticamente y de diversas maneras, por ejemplo en mis narraciones, eso de “tus deseos son ordenes para mí”. Lo hago no sólo por las resonancias infantiles que me genera, o porque todavía suponga peregrinamente que escribiendo alguna vez podré encontrar esa cabeza que toda novela esconde hábilmente, o que llegaría quizá a solucionar de una vez y para siempre la sutil problemática del amor, sino porque creo que la dosis de sonrisa irónica con la que mi padre solía acompañar la emisión de la frase me hace pensar que, aunque él parecía prepararse para cumplir al pie de la letra cualquiera de los deseos de mamá (por supuesto que jamás quise saber exactamente en qué consistían), al mismo tiempo expresaba su disposición a aventurarse amorosamente junto con ella por novísimos caminos. Qué más puede uno pedirle al amor en esta vida, ¿no? Mis personajes, todavía no sé por qué, no suelen tener esa suerte.
Osvaldo Mazal
Posadas, Misiones

Deja una respuesta