En distintas épocas, los editores e impresores han tenido que enfrentar juicios como resultado de su labor. En muchos casos, juicios sumamente costosos, casi siempre deshonrosos. En algunas ocasiones, favorables en términos publicitarios.
Ha pasado que las multas, que se traducen en deudas, junto con contextos políticos ásperos y propensos a revocar permisos, han llevado a los editores a ejercer la edición clandestina. A veces, a partir de acontecimientos de ese estilo, que se determinan unos a otros de forma causal, comienzan a gestarse cambios estructurales que modifican el campo cultural de las grandes urbes (o hasta de países enteros).
Argentina es un buen ejemplo. Especialmente si consideramos la cantidad de editores españoles que huyeron del franquismo y se refugiaron en nuestro país, trayendo consigo toda clase de saberes, técnicas, procedimientos, perspectivas, dinámicas, etc., y el modo en que eso hizo crecer el mundo editorial argentino. Otro ejemplo, aunque más lejano, no con menos incidencia en las dinámicas editoriales de nuestros días, es el que compete a la Bruselas de la década de 1860. De este caso vamos a hablar.
Doble fondo
Robert Darnton ha investigado cómo llegaron a la Francia previa a la revolución de finales del siglo XVIII numerosos libros prohibidos que arengaron de alguna manera u otra esa revolución. Esos libros provenían de editores e impresores que, establecidos en Bruselas y otros lugares de Bélgica, los hacían pasar por contrabando. Para ello se servían de lo que se conoce como “doble fondo” o “falso fondo”, un recurso típico de los trucos de magia, especialmente aquellos en que una paloma aparece de la nada. No había detectores de rayos X, ni perros policía especializados en detectar el olor de los libros prohibidos. El caso es que esas prácticas fueron combustible de cambios radicales como lo fue la Revolución Francesa (la primera). Pero también dejaron coletazos, sentaron precedentes y, digo yo, dotaron a Bruselas de un magnetismo o encantamiento especial para todos aquellos que, por propia voluntad o empujados a ello, vieron con buenos ojos recurrir a la edición clandestina.
En la década de 1860, editores e impresores de toda clase y relevancia llegaron y se establecieron en Bruselas. Provenientes de otros países, quizá les gustó la zona de la Grand Place y encontraron algún pequeño local con una buhardilla encima, bien cerca del bar que más se pareciera al bar que dejaron de frecuentar en sus tierras. Y entonces es posible que se encontraran y compartieran métodos, listas, contactos y dinámicas. ¿Quiénes? La pareja Jules Gay y Désirée Véret, Alberto Lacroix, Vital-Puissant y Auguste Poulet-Malassis.
Jules Gay y Désirée Véret
Jules Gay tuvo la envidiable fortuna de ser hijo de un editor y librero. Siguiendo ciertas ideas de cierto señor Owen, militó la igualdad social y sexual. Colaboró en distintas revistas y publicó alguna que otra traducción. Se conocieron con Désirée Véret, que también militaba la igualdad social y era activista feminista, y se casaron en 1837. Tuvieron dos hijos, Jean y Owen. La pareja pasó por altibajos económicos y reveses comerciales, y conoció su propia potencia once años después.
La revolución de 1848, que proclamó la Segunda República francesa, puso a Désirée en el centro de la escena, tanto por sus cartas y peticiones a las autoridades en defensa de la igualdad de género, como también por todo lo que fundó: una revista: La Política de las mujeres, una Asociación Mutua de Mujeres y un diario: Opinión de las Mujeres. Increíblemente, en un abrir y cerrar de ojos, dos años después desapareció de la vida pública para dedicarse a su antigua labor de costurera. Jules, por su parte, fundó una revista que publicó un solo número, y en ella escribió sobre amor y economía.
Después de esos años de vorágine, la pareja se dedicó a la labor librera. Désirée lo hizo sin abandonar la costura. Jules se lanzó un poco más de lleno y, con el tiempo, se consolidó como editor y bibliógrafo especializado en literatura erótica. Para 1861 la cosa se puso más interesante; Jules publicó la Bibliografía de las principales obras relativas al amor, las mujeres y el matrimonio, y de libros humorísticos, pantagruélicos, escatológicos y satíricos. De ahí en adelante, el tenor de las publicaciones siguió más o menos ese derrotero. El trago amargo sobrevino cuando le revocaron el permiso de publicación por dedicarse a la literatura “licenciosa”. En fin, en 1864 dejaron Francia y se mudaron a Bruselas.
Como dato de color, el primer hijo de la pareja, Jean, siguió los pasos del padre y años después fundó, junto con una chica llamada Henriette Doucé, la librería y editorial Gay et Doucé –¿acaso Gay y Dulce? Alguien que sepa francés que me corrija o avale–, también en Bruselas, cuyo catálogo clandestino se especializaba, cómo no, en literatura erótica.
Jules y Désirée siempre eran los primeros en llegar a las reuniones que podríamos ponernos a imaginar, de eso no caben dudas. Como no había abuelos cerca con quienes dejar a sus hijos, los llevaran a las reuniones. Y dado que los demás editores, a los que voy a traer a colación ahora enseguida, no tenían ganas de hablar con eufemismos, el niño Jean aprendió todo de primera mano y sin ambages.
—Otra vez llegan todos tarde —seguramente decía Jules.
—¿Qué apuro hay, querido? —seguramente respondía Désirée.
—Jean, Jean, quedate quieto papito —se ponía nervioso Jules.
Albert Lacroix y Vital-Puissant
Albert Lacroix era belga. También tuvo la envidiable fortuna de tener un pariente editor: aprendió el oficio en la editorial de su tío. Se convirtió en editor, impresor y periodista. Fue un gran estratega, aunque a veces supo faltarle la osadía. Fue el editor (el primero) de Los Miserables, cuya publicación estaba prohibida en Francia. Albert publicó el libro de Victor Hugo en Bruselas, en 1862, y lo metió a Francia por contrabando. En 1864 publicó a Émile Zola, otro gran acierto. En 1869 estuvo a punto de publicar Les Chants de Maldoror del Conde de Lautréamont, pero temió ser procesado por blasfemia y obscenidad y decidió que lo mejor era no venderlo y guardar todos los ejemplares. Como sea, después de un tiempo los funcionarios gubernamentales profranceses en Bruselas decidieron prohibir su empresa editorial por publicar libros en flamenco. Le encontraron la vuelta, como si se tratara de inspectores de tránsito.
Después de la publicación de Los miserables, Victor Hugo le escribió a Albert, no pude corroborar si una carta o un telegrama, que decía lo siguiente: “?”. Solo eso. Albert entendió la pregunta y respondió: “!”, dado que las ventas estaban siendo altísimas. Fue un éxito comercial. Lacroix el estratega le había ofrecido a Victor Hugo 240.000 francos por la novela (¿cuánto es eso actualmente? ¿800 mil dólares?). Albert recuperó rápidamente la inversión y se llenó los bolsillos. Además de esas grandes jugadas, Albert se ganaba el pan vendiendo servicios editoriales a autores que deseaban autopublicarse.
Vital-Puissant, al igual que Albert, era belga. Se dedicó a la edición clandestina y publicó sus propias obras bajo distintos seudónimos. A mediados de la década de 1860 abrió un negocio en Bruselas, La librairie cosmopolite. Se presentaba como experto en libros raros, insólitos, curiosos, etc., y preparaba textos para sus catálogos que remitían constantemente a la literatura erótica. Si bien proliferaron de golpe las editoriales clandestinas en Bélgica, llegando a alrededor de veinte para la década de 1860, Vital-Puissant era visto como el principal competidor de Poulet-Malassis (al menos desde el momento en que Poulet-Malassis se exilió en Bruselas).
Vital no solo era afín a la literatura erótica, se dedicó también a publicar escritos procomuna y textos prohibidos en Francia, como Les Amies de Paul Verlaine, y tantos otros de Sade, Restif de La Bretonne y Andréa de Nerciat, por ejemplo. Su pasión de retaguardia era la venta clandestina de fotos, reproducciones de pinturas y grabados obscenos y de desnudos. Se asoció con una librera belga llamada Virginie Sluys a modo de tapadera (realmente se tomó muy en serio la venta de pornografía), pero tras una investigación judicial la policía le confiscó todas sus pertenencias. Gran parte de los textos que escribió para sus catálogos se perdieron para siempre. Naturalmente, con el correr de los años, Vital-Puissant trabajó con el hijo de Jules Gay y Henriette Doucé en Gay et Doucé.
Está claro que Vital llegaba con los brazos en alto, quizá hasta con un bastón innecesario, y bebía dando sorbitos aquello que Jules le invitara, porque hablaba sin parar. Cada tanto, seguramente, revolvía el pelo de Jean o de Owen, fastidiándolos. Albert, por su parte, llegaba siempre contrariado y conducía hacia sí mismo todas las conversaciones.
—No saben lo que me pasó cuando venía para acá —seguramente decía.
—A ver, ¿qué te dijo tu escritor famoso? —lo provocaba Vital.
—Perdí la carpeta con los desnudos de…
—Chito — advertían Désirée y Jules—, que estos escuchan todo.
Auguste Poulet-Malassis
Hay que tener en cuenta que en Francia, cuatro años después de la revolución de 1848, fue electo presidente un sobrino de Napoleón Bonaparte, Luis Napoleón Bonaparte, que no pudo contener el llamado de la sangre y se autoproclamó emperador. Se apodó a sí mismo Napoleón III (con qué tupé). Esto dio inicio al Segundo Imperio, y sus primeros años fueron de un autoritarismo bastante arrasador.

¿Y dónde específicamente, dentro de ese marco, encontramos a Poulet-Malassis? Para cuando el sobrino de Napoleón se proclamó emperador, nuestro amigo todavía no había hecho aquello por lo que hoy más se lo recuerda: todavía no había publicado Las flores del mal, de Baudelaire.
En 1848 dejó su Alençon natal para mudarse a París y comenzar los estudios. Considerando que la revolución ocurrió en febrero, podemos imaginarnos a un Auguste obnubilado por los carteles que se pegaron por toda la ciudad con las distintas candidaturas a presidente, con sus lemas y promesas, sus colores y formas distintivas. No pasó mucho tiempo para que Auguste se hiciera socialista, fundara una revista a la que prohibieron seguir publicando, estuviese a punto de ser fusilado y fuera preso siete meses. Con todo eso, una vez libre, siguió sus estudios y, cuando los terminó, volvió a Alençon. Comenzó a trabajar en la imprenta de su familia. Esto no le impedía visitar París, y en 1850 conoció a Baudelaire. Evidentemente pegaron onda, porque en 1853 publicó la traducción que Baudelaire hizo de Filosofía del mobiliario, de Edgar Allan Poe.
En 1855, Auguste y su cuñado asumieron la dirección de la imprenta familiar. Le imprimieron, valga la redundancia, un nuevo rumbo. Comenzaron a repensar la belleza de las ediciones, dándole cabida nuevamente a los frontispicios, florones, letras ornamentadas, los cordales y la impresión en dos colores. Concibieron que cada una de sus ediciones debía ser un objeto armonioso y cuidado al detalle.
En 1857, Auguste se mudó nuevamente a París y abrió una librería. Ahí, además de vender libros, Auguste hacía algo así como un scouting de manuscritos con potencial para ser publicados en su imprenta (que permaneció en Alençon, por cuestiones de rentabilidad) y gestionaba todo lo relativo a ventas y distribuciones. De ese scouting salieron las Odas de Théodore de Banville, un libro de Henry de La Madelène y Cartas de un minero, de Antoine Fauchery. Todos los libros fueron muy bien recibidos en el mundillo letroso francés.
Por esa época, la editorial de Poulet-Malassis y su cuñado firmó un contrato de publicación importante para la historia de la literatura. Acá aparece Las flores del mal, de Baudelaire. Cuando a Baudelaire le preguntaban por qué iba a publicar con ellos, en lugar de publicar con editoriales más “grandes” y comerciales, él respondía: “en su editorial me editarán con honestidad y elegancia”.
Las flores del mal salió de la imprenta de Alençon en junio de 1857. Se trataba de volúmenes con un nivel de cuidado poco habitual, cuya ejecución tipográfica (algo que en esa época evidentemente tenía que ver con muchas otras cosas más complicadas y manuales que descargar una fuente de internet y elegirla en el Adobe Indesign) era impecable. Lo siguiente que pasó fue que todos y cada uno de esos volúmenes fueron confiscados. Así de simple. ¿La acusación? Desacato a la moral religiosa, a la moral pública y a las buenas costumbres. Auguste y su cuñado se ganaron una multa de 100 francos cada uno, y Baudelaire debía retirar del conjunto seis poemas. Previsores o no, esto funcionó como publicidad.

Poulet-Malassis es palabra mayor por haber impulsado la producción de un tipo de literatura que resultaría importante para la literatura francesa de ahí en adelante. Desde odas virtuosas y acrobáticas que perseguían el formalismo parnasiano y la experimentación con la forma, hasta obras de la vanguardia del momento, en consonancia con el trabajo de ilustradores en obras eróticas y satíricas, sus publicaciones, con el tiempo, se rodearon de un halo de legitimidad que antecedió muchas de las prácticas que conocemos hoy en día. Al elevar los estándares poniendo la lupa en el tipo y calidad del papel, la tipografía precisa y el cuidado obsesivo y, sobre todo, integrando la supervisión del autor en el proceso de decisión del texto, Auguste hizo escuela (aunque quizás pecó de demasiado precursor).
Por otra parte, ese problema legal del que hablé más arriba no fue excepcional. Poulet-Malassis a menudo asumía riesgos económicos y judiciales debido a posibles acusaciones por obscenidad. Pero hete aquí que la imprenta –para poder soportar todas estas apuestas estéticas y políticas poco convencionales de autores muchas veces marginales– publicaba títulos comerciales que aseguraban las ventas y la rentabilidad.
En su librería había retratos de los autores favoritos de la casa (Victor Hugo, Guatier, Champfleury, Baudelaire por supuesto, entre otros) colgados en las paredes y, encima del mostrador (no sé si grabado sobre el material del mostrador o en una chapa o cómo), brillaba el lema «Concordia fructus». En un cuarto de la librería, Poulet-Malassis tenía su estudio, en el que leía manuscritos de autores ignorados por los ámbitos más elitistas. Hay que decir que se animó a la escritura también, pero siempre con seudónimos, como “Pablo Rouillon”, o “Nube de insignias”.
En fin, ¿cómo llegó a Bruselas? ¿Qué lo llevó y cómo estaba su negocio cuando lo hizo? Si bien varios nuevos editores siguieron su modelo y hasta les fue muy bien haciéndolo (y sus escritores favoritos llegaron a alcanzar gran notoriedad), su empresa se fundió. Quizás, como adelanté, fue demasiado precursor; quizá no se sostuvo lo suficiente. El hecho es que declaró la quiebra en septiembre de 1862. El fondo de comercio fue liquidado desastrosamente y los libros se vendieron a un precio tan bajo que casi daba lo mismo regalarlos. Para colmo, después de eso fue condenado por deudas y posteriormente encarcelado. Pasó cinco meses preso. Y entonces, cuando lo liberaron, infló camisa y se fue a Bruselas. Una vez allá, magnetizado por la movida editorial, volvió al ruedo y siguió imprimiendo textos prohibidos de forma clandestina. El meme ideal sería: “usted no aprende, ¿verdad?”. En 1864, después de conocer a Jules Gay, se asociaron para una publicación que le devolvió el éxito. Tiempo después, fundó un boletín trimestral de publicaciones que estaban prohibidas en Francia. Compitieron, sin dejar de ser cercanos, con Vital-Puissant. Lo que los entrenadores de equipos de fútbol llaman una “competencia sana”. Ya podemos comenzar a imaginar cómo se crispaba el ambiente de las reuniones cuando él llegaba y Jean y Owen saltaban del regazo de su querido tío Vital y corrían hacia Auguste diciéndole “padrino, padrino”.
Volvió a Francia cuando cayó el Segundo Imperio. Se movió entre París y Alençon, donde seguía la antigua imprenta, todavía dirigida por su cuñado. A pesar de sus problemas de salud, que lo tenían a mal traer, no dejó de hacer lo que disfrutaba. Publicó la correspondencia inédita de Madame de Pompadour (1741-1764) y, algunos días después, falleció en su casa a causa de la hematidrosis (poético, en alguna medida, ¿o no?).
Pese a que podemos imaginar a un Auguste ya cansado en Bruselas y totalmente demacrado en su vuelta a Francia, incluso pese a que haya muerto a causa de esa enfermedad tan trágica, el final es más lindo de lo que uno puede imaginarse. Y es que en Alençon, su ciudad natal, hay una plaza que tiene una estatua suya.
En realidad es una plaza que tiene su nombre, pero yo le hubiese hecho una estatua. Al menos un busto.
Coda
Faltó un dato: Baudelaire también tuvo que irse exiliado a Bruselas. Ahí se reencontraron con Auguste, y él, como editor y amigo, lo habrá llevado a alguna de las reuniones de editores, y Baudelaire, intentando caer bien, dice:
—A este no saben todas las que les hice pasar, ¿o no, Augustito?
Jules y Désirée se ríen. Vital no tanto. Albert carraspea y le hace un gesto pícaro a Auguste, como diciendo “¿y este qué se cree?”.
—Este es más quisquilloso que Víctor Hugo —agrega Auguste. Albert comienza a reírse, presintiendo el chiste fácil—. Entre las correcciones infinitas y la multa y la denuncia, este acá me hace sudar sangre.

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