El coraje del cielo por repetirse y no ser siempre igual
Coiffeur. “Sucede”, No es (2007).
Las personas que me conocen suficiente se habrán fumado una charla sobre El Día de la Marmota y mi entusiasmo por el carácter existencial de la película. Es una joya de 1993 en la que Bill Murray interpreta a Phil Connors, un meteorólogo que aspira a ser algo más en la televisión. Lo que pasa es que primero debe cumplir con una última nota, de esas que los noteros suelen detestar: en un pequeño pueblo llamado Punxsutawney, en Pensilvania, celebran este ritual en el que una marmota define cuándo se termina el invierno.
Para Phil es un día más antes de su ascenso, está de salida y trata a todos con una actitud sobrada, se pasa de canchero. Su compañera de producción representa una mirada contraria, empática, ella vive esa jornada como algo significativo, es capaz de leer entre líneas este ritual identitario que convoca a todo el pueblo. Cuando todo parece terminar, Phil se preocupa por una tormenta que podría retrasar su vuelta a casa. Pero es un engaño, una pequeña desviación del problema real.
Al otro día, despierta y tiene una sensación extraña. En la radio, a la misma hora que la mañana anterior, suena I got you, Babe de Sonny & Cher. Todavía somnoliento, comienza a notar que las situaciones se repiten de una manera bastante extraordinaria, quiero decir, todo se repite tal cual. Pregunta qué día es en la recepción y le contestan que es 2 de febrero. Es imposible, se dice, pero sus compañeros lo están esperando para ir a la cobertura del Día de la Marmota. Su intento de resolver algo de todo esto se ve frustrado cuando despierta al otro día con la misma canción sonando en la radio.
Lo que me fascina de esta película es el devenir de sus enfoques. Lo primero que se presenta es una oportunidad para la comedia, en la que Phil decide probar cosas diferentes cada día, como robar dinero de un camión bancario, aprender todas las rutinas de cada persona. Todo parece divertido, hasta que llega el hartazgo. Para salir del bucle temporal, recurre a todo tipo de suicidios y la cosa se pone un poquito más oscura. Se tira desde lugares altos, se electrocuta en el baño del hotel, nada parece funcionar.
En cierto momento, se interesa por su compañera Rita y empieza a juntar información sobre sus gustos, pasiones y sensibilidades. Más allá de impresionarla, termina captando su atención por los detalles. Una de las escenas más divertidas es cuando se confiesa, fiel a su estilo, afirmando que es una especie de dios. “No soy Dios, soy un dios”, aclara. Ella se mantiene escéptica pero le sigue el juego. De alguna manera, se siente sorprendida por el rotundo cambio de actitud que tiene su compañero. Bueno, vale recordar que ella no vivió el proceso: todo pasó de un día para otro.
Mi escena preferida viene poco después, cuando están jugando a lanzar naipes en un sombrero. “¿Esto es lo que haces con la eternidad?”, pregunta Rita, pero él contesta que lo peor es despertar al otro día sabiendo que ella solo lo recordará como un tarado. Y Rita busca consolarlo, le dice que no es así. Pero Phil admite que sí, que es un tonto. Pero no le importa. “Me he matado tantas veces que ya ni siquiera existo”, afirma con cierta nostalgia. Para ella, en cambio, no tiene que ser una maldición. “Depende de cómo lo veas”, insiste. Y él siente algo distinto en su optimismo.
No hay una explicación directa o bien delimitada sobre aquello que logra romper el bucle. Simplemente, nos dan a entender que la reivindicación propia e inadvertida es suficiente para que Phil se despierte con Rita, un tres de febrero, apacible y agradecido por el hecho de existir. Dicen que los oráculos, como los psicólogos de hoy, siempre ayudaron al individuo a encontrar su propósito en la comunidad a la que pertenece. El tiempo y el espacio logran una excepción para que nuestro protagonista aprenda cuál es su lugar y pueda vivir en armonía con todo lo demás.
Todo eso da lugar a mi confesión: nadie puede imaginar las veces que fantaseé con la idea de volver a los 17, de ser el sujeto de pruebas en estas tramas que reúnen bucles y saltos temporales con algún reto de aprendizaje. Debe ser por los videojuegos. A lo mejor, eso de volver a empezar una y otra vez, me hizo anhelar una vida con las mismas licencias. Hace tiempo que no juego a nada más que League of Legends. De a momentos no le encuentro gracia en absoluto, pero cada tanto recuerdo lo aprendido hasta ese punto. ¿A dónde va a ir a parar todo ese tiempo, todo ese conocimiento específico e inmaterial que sólo sirve para tener mejor puntaje? No podría dejarlo, es parte de lo que soy. Un montón de información totalmente innecesaria.
Y todo eso podría cambiar si un día despierto con la conciencia intacta, pero en mi pequeño cuerpo de catorce años. Es el año 2005, el otoño está en la cúspide, me acabo de cambiar al Gutenberg y estoy castigado por ratearme 22 veces en dos meses. Mis pulmones están intactos, todavía no fumo. Tengo tiempo para generar hábitos, evitar la trampa del amor adolescente. En vez de enamorarme y sufrir, puedo empezar desde temprano a coleccionar zapatillas. Puedo elegir una guitarra nueva en vez de una semana en Bariloche. Puedo elegir un año sabático para “decidir” mi carrera y no volver. También debería evitar el pelo largo entre 2006 y 2007 (pésima decisión). Y no, Juan del pasado, no te pases la gillete por la nariz, que vas a estar sacándote pelitos con pinzas hasta el fin de tus días.
Es más, podría tomar todas las decisiones inversas y contrastar. Dicen que todas esas pequeñas elecciones te definen en el presente. Pero si la memoria de todo lo vivido sigue allí, entonces sería posible inaugurar una nueva ruta en el tiempo, donde ambas conciencias se unan en una identidad retrospectiva. No tengo claro si buscaría ser la voz de una generación, advertir sobre los riesgos de la política neoliberal y las deudas de Luis Caputo. Tengo la sensación de que intentar arreglar el mundo siempre deviene en peores catástrofes. No, dejá. Mejor pasar inadvertido y ser una revolución en la vida de esas personas que siempre estuvieron, sin importar el multiverso. Lo que me lleva a otra pregunta: ¿A dónde irá toda la culpa de los errores que puedo enmendar pero sé que cometí?
En las últimas semanas me tomó por sorpresa la quimera de mis propias decepciones. Cumplí 35 años y lejos estoy de ser una joven promesa. Las personas que me rodean tienden a ver en mí un potencial que nunca pude destrabar. Suelo no estar a la altura de mi propia persona. A veces, la ansiedad social me hace prometer cosas por anhelar un deseo que no es propio, pero que responde a esa idea del otro. Por eso confieso esta fantasía absurda, llena de agujeros de guion como una película de los 90. Sigo buscando mi lugar en este espacio–tiempo de la vida.
Así es como llegué a Palm Springs, una comedia del 2020 que retoma la idea del Día de la Marmota. Esta vez, el protagonista repite siempre una fiesta de casamiento en la que, sin darse cuenta, encierra a una chica que le gusta en el mismo bucle temporal. No solo es una referencia directa, sino que se propone ampliar las reflexiones sobre la cuestión existencial. La convivencia que se da entre ellos nos recuerda a la pandemia de ese mismo año, esa sensación de estar atrapados en una burbuja donde la imaginación no tiene límites pero la posteridad sí.
A diferencia de Phil Connors, que está solo, el personaje interpretado por Andy Samberg tiene la chance de ejercer cierta docencia sobre su compañera novata. Como en la primera película, el recorrido va desde el humor al hartazgo. Es fácil ser un discípulo hedonista, las sustancias te ayudan a tomar distancia del ego. Pero su evolución como maestro se torna interesante al momento del hastío. Cuando ella empieza a buscar una salida, intenta recurrir a la violencia, al daño físico. “El dolor sigue siendo real”, le advierte su tutor.
Y aquí es donde me encuentro con la contradicción del asunto, esa raíz ambigua que señala algo real: no es el tiempo, es la memoria. Si pudiera ir hacia atrás en mi vida, pero sin perder los recuerdos, seguiría respondiendo a esa idea de ser con aquello que hicieron de mí. No podría ignorar el tacto astillado de mi experiencia. El bucle o, en otras palabras, la repetición, es crucial a la hora de interpretar una pieza musical, por ejemplo. Los intentos, tachados y borrados torpemente, son como la voz tallada del Polaco Goyenetche, cuando canta los versos de Cátulo Castillo:
La vida es una herida absurda
y es todo, todo, tan fugaz
que es una curda –nada más–
mi confesión.

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