El hombre de Pujato

Y así como la justificación nos fue dada por la cruz de Cristo, de manera universal e irrepetible, nuestro andar por el camino del Señor supone asumir también, análogamente, ese abajamiento de la Cruz. Acusarse a sí  mismo es asumir el papel de reo, como asumió el Señor cargado por nuestras culpas.

Jorge Mario Bergoglio, Sobre la acusación de sí mismo

Hace mucho tiempo mi mirada se empeña –no es lo que busco, es lo que se me viene– en ver en Lionel Scaloni algo más que un director técnico. Algo más que un director técnico campeón del mundo.

Doroteo de Gaza en La acusación de sí mismo cuenta una historia que podría correr como fábula: varios hermanos de la congregación se empeñaban en rebajar a otro hermano. El hermano que recibía las injurias no reaccionaba nunca. Ante la notable templanza, Doroteo pidió al hombre que le cuente los pensamientos y sentimientos que albergaba dentro suyo para poder soportar las penas. El rebajado respondió: “Tengo la costumbre de estar, respecto a los que me hacen tales injurias, como los cachorros respecto de sus dueños”. La metáfora se explica por sí sola.

A Scaloni lo humillamos antes, durante y por supuesto, ya no después. La templanza del –en esos tiempos– desconocido no se turbó nunca. Ya para esos años habíamos perdido uno de los ejercicios que enseña San Ignacio de Loyola en el Triple coloquio del tercer ejercicio de la Primera semana: la gracia de conocer para aborrecer. No sabíamos aún nombrarlo y, sin embargo, lo aborrecíamos. Ahí íbamos nosotros, prefigurando parte de nuestra –olvidable– idiosincrasia. Así íbamos nosotros: sospechando. Sospechando, dividiendo y confundiendo. Fenomenología opuesta a la encarnación del Verbo que se hace presente (carne) y se presenta siempre –como dice Jorge Mario Bergoglio– dios y hombre, indivise et inconfuse. Fuimos muchas cosas, pero ante todo, impedimento.

Sin embargo, ahí iba el hombre de Pujato haciéndose cargo –vaya uno a saber por qué– de nuestras culpas, de nuestras frustraciones y, por qué no, de los caprichosos deseos de nuestra patria. Portavoz –me tienta decir– de todos; más que portavoz, pararrayos. O héroe para los griegos: aquel que recoge en sí mismo toda la energía que puede ser destructiva de su propia comunidad. Vaya sacrificio. ¿Quién de nosotros estaría dispuesto? Pocos. Creo que muy pocos.

Lo humillamos. Lo rebajamos. Geometría existencial: se rebaja, se mira para abajo, en la vergüenza, sí, pero también en la angustia. Sin embargo, como pide Bergoglio en Sobre la acusación de sí mismo, no nos humillamos con él. Es decir: no fuimos humildes. Los pies sobre la tierra, reza el dicho. Ir hacia abajo, hacia la tierra. Y más aún: arrodillarse. Figura potente sí que la hay. Actitud que es el fundamento teológico del abajamiento del Verbo: la synkatábasis: no fuimos condescendientes, no descendimos juntos para encontrarnos con él.

Valga recordar las condiciones de aquellos tiempos. Estábamos en un momento de caos. Tormentoso, perturbado y oscuro. Y mientras esperábamos, estaba el interino: aquel que suple una ausencia momentánea por tiempo indefinido. Esperábamos, seamos sinceros, al indicado. Al elegido. Toda nuestra mitología épica y heroica se hacía presente. Pero para sorpresa de muchos y agrado de pocos, apareció Arturo y no Aquiles. Apareció aquel del que esperábamos cualquier cosa menos que nos salve. Sacó con una mano la espada que todos intentaron con dos. Venía del interior de Santa Fe, del campo, sin experiencia previa. Eso de algún secreto modo ya nos mostraba que la cosa venía por otro lado, pero no lo podíamos ver. Había que creer. “Lo único que sabemos del futuro es que diferirá del presente”, decía Borges. Y sí, a veces es así. Que las estadísticas, en un tiempo de estadísticas, se equivoquen; que los cálculos, en una época de cálculos, fallen. Porque no hay cálculo para la historia: ahí donde creemos ver una línea recta, aparece otra cosa.

En todo esto hay algo de la noción destino que, inevitablemente, se pone en juego. Esa curiosa idea de que no existe otro final posible más que el que sucedió. Pero permítanme decepcionarlos –no desanimarlos–: no fue así. El héroe no tiene destino, el héroe elige.

Los ejemplos están a la mano. Tetis, madre de Aquiles, le dice previo a la guerra a su hijo indeciso: tienes dos vidas. Una vida feliz y larga, de hijos y familia, de la cual no te recordará nadie. La otra es corta: morirás joven y serás inmortal. Aquiles decidió y estampó su destino. Pero primero decidió.

El hombre de Pujato también. Decidió quedarse cuando podría haberse ido. Decidió ser definitivo en su cargo y no momentáneo. Eligió ser nombrado y no anónimo. En medio de la tormenta, valga recordar.

Elección arriesgada, por no decir peligrosa. En esa elección –que se paga con la muerte– decidió dar todo de sí mismo por su patria. Pero ojo: acá no hay garantías. Puede no llegar, no alcanzar, en suma, no cumplir. De héroe a traidor hay un solo paso, dicen algunos. Y puede que tengan razón. Porque la sociedad suele condenar con la misma fuerza e intensidad aquello que hasta hace muy poco supo amar. El camino del murmullo: primero sospecha y finalmente juicio. Acusamos a todos, menos a nosotros mismos. 

A pesar de todo, ahí va el hombre cuya legitimidad se discutía incluso antes de asumir. El que todavía anda en bicicleta por el pueblo. El que sale campeón del mundo y se va a llorar solo a un banco. El que escucha sin enojo al hincha que se filtra en conferencia de prensa para increparlo. Por suerte el hombre de Pujato nos la dejó pasar. Todas y cada una de ellas. Y cuando tuvo la oportunidad –y esto es importante decirlo pronto a iniciar un nuevo mundial–, pudiendo arrojar la primera piedra, no la arrojó. Fue y se comportó, ante la atenta mirada de los injuriadores, ante las caras del murmullo y la sospecha, como ese hermano de la historia de Doroteo de Gaza: infinitamente misericordioso y fraterno, como un cachorro ante su dueño.

O tal vez no fue así. Tal vez la historia haya sido otra cosa, y yo apenas escribo lo que falta: porque la historia también supone contar aquello que no sucedió.

O quizás simplemente sea mi mirada, que hace mucho tiempo se empeña en ver en Lionel Scaloni algo más que un director técnico. 

Santino Ciganda
Posadas, Misiones 

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