En presencia de las montañas de San Juan, rodeado por las piedras de 1920, nacía Jorge Leónidas Escudero. Pasaría la mitad de su vida buscando oro; y la otra mitad, palabras.
Esto ha tenido que intrigar a María Néspolo lo suficiente para afirmar que se trata de “una poesía cifrada en múltiples búsquedas, de ahí que acuda con insistencia a la metáfora del oro para representar ese ‘en busca de buscar’” (Néspolo, 2011: 70).
En el transcurso de su vida, Escudero abandonaría sus estudios de agronomía y se dedicaría a ser oficinista. A los cincuenta años publicaría su primer libro, un poemario llamado La raíz en la roca (1970), y allí fue el comienzo de su segunda búsqueda, que continuó sin finalizarse hasta sus últimos poemas, publicados como Poesía Completa por Ediciones en Danza en 2010.
Pretendo detenerme en uno de sus libros, en el que bautizó como Basamento cristalino (1989), para aproximarnos a las capas de su escritura en relación con la minería. Y quizá, solo quizá, sostener que esa experiencia minera se manifiesta en su poesía, pero no reducida a un repertorio léxico, sino como configuradora de una mirada poética particular sobre la memoria, el tiempo y la muerte.
Antes bien: el título. No sería la primera ni la última vez en la que el autor jugaría con las referencias a su antiguo oficio minero. Decir esto no es para nada original (si es que algo lo es), ya que se puede apreciar fácilmente recorriendo su obra. Yo, por mi parte, he leído Basamento cristalino de esa manera por mucho tiempo, pero esta mañana cuando tomé el ejemplar nuevamente, se reveló ante mí algo que hasta entonces había pasado inadvertido. Un “basamento cristalino” es un conjunto de rocas ígneas formadas por millones de años y se encuentran debajo de la corteza terrestre, aunque también pueden aflorar hacia la superficie. Habrá algo en esa estructura sedimentaria que definitivamente atrajo la atención del autor, porque es un gran aficionado a las rocas. Por otro lado, si juzgamos por separado los términos, nos encontramos con una suerte de oxímoron: “una base de cristal”; esto es, de alguna manera, un símbolo de la fragilidad. Por eso, tal vez no sea tan temerario arriesgarme por ambas lecturas. A saber, un sedimento sólido y resistente; un cimiento flojo y vidriado. ¿Qué implicancias tiene leer los poemas de este libro bajo estas claves?
Para introducirnos en sus letras, me parece pertinente comenzar con su último poema, ya que es el que tiene el mismo nombre que el libro: Basamento cristalino. Anticipo que, contrariamente a lo que podría pensarse, el autor no hace alusión alguna a este concepto, al menos no de forma directa. Más bien, en la página se diseminan entes naturales como el sol, el fuego, los yuyos, que remiten a su pasado minero. Pero pasado todo eso, pregona:
Siento un coro de grillos en la paz de la noche
y voy enderezando a dar una serenata
cuando me pone el tiempo una mano en el pecho: ¡Eh!,
cómo se te ocurre, en esa ventana ya no hay nadie. (p. 190)
En esta personificación del tiempo que le pone una mano en el pecho, es posible entrever los efectos de ese recuerdo, considerando al recuerdo desde sus raíces etimológicas. O sea, re cordis: que vuelve a pasar por el corazón. Y eso tiene sentido cuando en su respuesta, el autor le reprocha al tiempo el oprobio de volver donde ya no hay nadie. Veremos que esto es un factor que atraviesa sus demás escritos. ¿Dónde está el basamento cristalino aquí?
La poesía de Jorge Leónidas Escudero es escurridiza, no se deja encapsular tan fácilmente bajo las lógicas convencionales. Por el contrario, se percibe una escritura oralizada, por así decirlo. En el poema titulado Cateo pueden encontrarse estos matices, he aquí un fragmento:
Estábamos en la cordillera del Tigre y en vista
de que se negó lo que buscábamos
fuimos a Barreal a tomar unos vinos
y entonces se burló Rafael:
¿No era que íbamos a recoger el oro a paladas?
Le conteste cállate,
has visto paisajes bonitos allá arriba
así que ahora estás en ganancia. (p. 171)
Lo que me ocurre cuando leo a Escudero es lo que le ocurría a Auerbach cuando leía a Montaigne, pues aquél decía “después de haberlo leído durante cierto tiempo y de haber adquirido alguna familiaridad con su manera, me parecía oírlo hablar y ver sus ademanes” (Auerbach, 1996: 236). De modo que, al leer sus libros, siento que estoy charlando con un amigo; es como si pudiera verlo gesticulando al narrar sus anécdotas.
Por lo mismo, Alejandro Arriaga, quien lo ha analizado profundamente en su tesis, propone que sus poemas tienen la particularidad de ser siempre alusivos como la oralidad (cfr. Arriaga, 2015). Es decir que contiene también eso implícito que resguardan sus gestos, sus frases incompletas, sus respuestas tácitas y sus silencios.
Además de esto, hay algo en sus escritos que se va a repetir, y es lo nostálgico. Acaso aquella base cristalina de la memoria. Pues las imágenes de la cordillera aparecen en reiteradas ocasiones, incluso más que el oro, porque, al fin y al cabo, es suficiente con “haber visto paisajes bonitos”.
Si nos detenemos en el poema Aprontes de expedicionario, por ejemplo, nuevamente aparece esta ansiedad por volver a ese mítico lugar del cerro y lo confiesa en el bar:
No, no quiero café, tampoco vino;
solamente admito sobre la mesa
el croquis de un tesoro;
tráigame, aunque sea en fotos
la cordillera de Colangüil. (p. 165)
Aunque el autor menciona el “croquis de un tesoro”, como el mapa que lo llevaría finalmente a encontrar el oro, seguidamente hace una petición al mozo del bar, como un anhelo de volver a ver la cordillera. De hecho, Escudero se muestra aturdido por una urbanización que va deslizando inexorablemente aquel paisaje rural, que cada vez parece alejársele más y más. No es casual que otro poema se llame Lejanías y diga:
San Juan tiene autopista y hace aspavientos
de ciudad moderna;
pero yo miro al este, al cerro Pie de Palo
donde los guanacos estarán hablando de la próxima nieve
luego vuelvo cabeza al cerro Villicum
y me aturdo de azulidades. ¡Oh!
qué hermoso es esto, silbo entre dientes.
Y un camión enojado da al viento su motor
murmurando insultos
porque mi corazón está puesto tan lejos. (p. 166)
La esencia de su escritura pareciera estar volcada hacia la anacronía, hacia esas piedras que lo vulneran, que lo ablandan. Mientras todos hacen aspavientos y ponderan el uso de arquitecturas nuevas y tecnologías avanzadas, él piensa que se siente más parte de aquellos guanacos que preludian la nieve. Desde luego, en un tiempo que ya no le es propio y que le atosiga a adecuarse cuanto antes a la vorágine del aquí y ahora. Esto también aparece en un poema llamado Mi último pueblo, en el que el autor prefigura su lugar ideal para vivir, y, al ser el último, para morir también.
Niños álamos piedra, hombres de frente,
y que no aparezca esa otra curiosa
gente de fotografías y apuro.
Oír golpear el mortero donde mujer firmeza
hacer alimento para el mundo.
cuando un hacha muerde distancias.
cuando una guitarra, amorosa,
sube los cerros cubiertos de estrellas.
Digo mi último pueblo donde aparezca un día
el silencio a llevarme,
yo diga en paz allá voy, y me enanque
con él para siempre. (p. 188)
Es interesante recalcar esta idea del sosiego, de la calma, muy distanciada del turismo con “esa” gente que todo lo fotografía y anda en apuros. En cambio, se encuentra allá donde abunda lo rudimentario del hacha y el mortero, la musicalidad de la guitarra, lo constelado de los cerros. Todo esto converge en una armoniosa relación que construye un paisaje idílico y utópico.
Por añadidura, la poesía de Escudero está atravesada por la presencia de la muerte, “ya sea como peligro físico, ya sea como confirmación de la inutilidad de la palabra para decir algo” (Rio y Raso, 2021: 83). Es decir, esta búsqueda frustrada de oro y de recuerdos se encuentra intensificada por la finitud del tiempo. Por ende, la resignación constante a vivir sin buscar, pero vivir en lo buscado. Al respecto, en el poema Sobre la ruta del oro, dice:
Es que estaba ordenando los papeles
que uno guarda prolijo y pospone
hasta ocasión propicia mientras sueña
días de gloria.
Encontré la su carta que escrita
por Aniceto Paredes me invitaba
si quería compartir sus minerías
viajara a valle fértil.
Pero años pasaron hasta que voy
finalmente a visitar al amigo. Sale
un criollo comedido diciéndome descanse,
el hombre que usted busca hace a montones
oro en el infierno. (p.168)
Esos papeles guardados son máquinas del tiempo que pueden estar escritas por fantasmas, como en el caso de Aniceto Paredes. En este encuentro, uno puede imaginar la sorpresa, el desconcierto y la emoción de Escudero al descubrir este tesoro de papeles, de tener por fin esos “días de gloria”, pero todo se desvanece en cuanto descubre que ha leído la carta demasiado tarde. ¿Es acaso la muerte del cuerpo, de la mente, de los sueños, ese duro sedimento que está enterrado kilómetros bajo tierra hasta que un día sale a la superficie? ¿Es acaso un cimiento que sostiene la vida con la seguridad de un cristal?
Por cierto, un minero desarrolla una relación muy profunda con la oscuridad, el riesgo y la espera. En conjunto, podría performar su mirada hacia el lenguaje, intentando excavar en él para encontrar aquello que aún no se dijo, una búsqueda tan ambiciosa y potencialmente frustrada como la del oro. El poema La finca abandonada, parece sentenciarlo:
Vendrán otros a trabajar la tierra,
frutales airosos ahuyentaran las pichanas,
no habrá un álamo seco para decir ¡Aquí!
y el sitio habrá perdido la palabra. (p.186)
Por último, no habría un motivo real para no contemplar la hipótesis de que el basamento cristalino es la misma poesía de Escudero. Entonces esa experiencia minera se transformaría en una metáfora epistemológica: búsqueda de un fundamento esencial, cristalizado en el lenguaje. Esto sería motivo suficiente para desempolvar los recuerdos de las cordilleras, para huir del asecho mortal del tiempo y para soñar en los días de gloria que no fueron ni serán nunca por fuera de la existencia de las palabras.
Así, finalmente, otros vendrán a trabajar la tierra, y también contemplarán que todo lo que brilla no es oro y que los cristales –hallados en la memoria, la muerte o la poesía– arrastran la ambigüedad tramposa de prometer riqueza y obsesión.
Máximo Rivainera
Posadas, Misiones
Bibliografía
- Arriaga, A. (2015). “Osamenta: La oralidad y el poema en la obra de Jorge Leónidas Escudero”. Facultad de Filosofía y Humanidades. Universidad Nacional de Córdoba.
- Auerbach E. (1996): “La condición humana”. En Mimesis. Fondo de Cultura Económica. México.
- Escudero, J. L. (2014): “Basamento Cristalino”. En Poesía Completa. Colección Juan Gelman, Ministerio de la Nación. Ciudad autónoma de Buenos Aires. Pp. 164-190.
- Rio, M y Raso, L (2021): “La intimidad de una ausencia: sobre la poesía de Jorge Leónidas Escudero”. Boletín GEC, enero-junio, núm.27. Pp. 83-98.
- Néspolo, M. J. (2011): “Elogio de la piedra y del oro”; Boca de Sapo. Repositorio Institucional del CONICET. Pp. 70-75

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