La llama es lo único que está en movimiento a esta hora de la noche. El calor persiste, el verano se extingue.
—Si te agarran y te sacuden vas a quedar así, apagándote despacito… Estos tipos no saben lo que es la culpa. Vienen a meter bala directamente —dice Juan.
No hay ni siquiera viento, el ambiente está pesado y a la lámpara de la catedral se le debe estar acabando el aceite. El fuego se ve muy débil. Algo amenaza con apagarlo.
—Fue una estupidez venir, vamos a terminar chupados.
—Es hoy, en la agencia había datos. Si ves algo raro, disparamos, pero ahora hay que laburar —sentencia Héctor.
Juan tiene miedo.
—Si ya está todo jugado es estúpido venir a la parrilla a proponernos como asado, Negro —dice.
—Pero bajá un cambio, che. Si hoy pasa algo, ¿te pensás que va a salir en los diarios? Tenemos que estar. Rodolfo nos dijo clarito que había que tener huevos y poner el cuerpo.
—Ya sé, pero mirá lo que es esto, es la muerte, no hay ni un alma.
—Escuchame, estos hijos de puta no se la pueden llevar de arriba, por mucho que la quieran pudrir. Yo vine acá a laburar, qué lo parió, y no le podemos fallar a los compañeros, así que basta.
El Taunus está detenido sobre Rivadavia. Juan fuma nervioso un cigarrillo atrás de otro y tiene una mano sobre el volante, precavido, las llaves puestas y el coche apagado pero con el cambio puesto. A su lado, Héctor observa esa flama cada vez más débil. La tensión hace que el asiento le resulte insoportable. Se decide:
—Esto no se aguanta. Bajo a hacer un par de tomas. Si ves algo extraño prendé las luces de atrás, voy a estar atento.
Juan putea por lo bajo y acto seguido exhala una nube de humo espeso que delata los Benson negros, que pueden ocultar la visión de la noche y su paisaje de nada.
Las bocas del subte no escupen ni engullen gente, aunque es miércoles. Ya es más de la una. Las maniobras no se oyen. Nada de eso está pasando, pero tampoco es que no esté ocurriendo nada. Sin embargo, ni un ciruja, ni un noctámbulo ni un viejito insomne caminan por la Plaza. Está vacía.
Rápidamente, Héctor recuerda sin cerrar los ojos, en estado de alerta, el mismo lugar hace tres años, con el retorno del viejo a la Casa Rosada. El contraste de las dos imágenes, la del recuerdo y la de este momento, arroja el resultado visible: vacío, silencio, luz para presencias ausentes.
Está parado junto al cordón de la vereda, sosteniendo la cámara con ambas manos, le cuesta subir y caminar hacia el centro. Hay que hacer un par de capturas e irse, justificar la presencia ahí; sus manos se tensan sobre la Nikon al mismo tiempo que sus pies se sueltan y comienzan a avanzar por la Plaza. Los ojos no se resignan y siguen buscando vida a cada paso.
En el centro exacto, de espaldas a la entrada de la Casa, se prepara para hacer un plano general. Repara en que la cámara tiene puesto el teleobjetivo; la captura será mala. Extrae del bolso que lleva colgado un gran angular, quita el que está y coloca el apropiado. Estudia el espacio a través de la lente, se mueve con la cámara en alto. Vuelve a encontrarse con el fuego, extraño y agonizante. Le hará una foto especial, si queda tiempo.
La tensión lo lleva nuevamente a donde está parado. Ya con la cámara en foco, la futura imagen es desoladora. En las cinco veces que aprieta el obturador casi en posición de combate, con las rodillas flexionadas, siente detrás suyo que algo está llegando. La Plaza está preparada para eso; las luces están encendidas inútilmente, para ningún transeúnte. Con los ojos ve el silencio, con la cámara atrapa sus detalles más sutiles.
Está a punto de buscar otra ubicación cuando ve que se encienden las luces traseras del Taunus, que está sobre la vereda de enfrente, casi en línea recta. Empieza a correr desesperado, sujetando la cámara con fuerza, a lo mejor le están apuntando, no hay tiempo ni para cubrirla. Cruza Rivadavia sin mirar a los costados. Se escucha un sonido pesado y metálico que avanza desde el bajo.
Juan ya tiene el coche en marcha y las manos sobre el volante. El ruido de los tanques es cada vez más fuerte. La puerta del acompañante está abierta, esperando a Héctor, que se detiene y piensa, suspendido.
—¡Subí, pelotudo! ¡Hay que rajar! —le grita Juan mientras avanza.
El auto acelera apenas sube, no hay tiempo ni para cerrar la puerta. Piensa en el rollo, si es que pueden llegar sin que los agarren antes, y en las imágenes que no pudo tomar. Alguien golpeó primero. Antes de girar por Diagonal Norte se da vuelta sobre el asiento y mira lo que viene. Todo está listo: la Plaza ya está infestada de metal y botas.
Facundo Fontanella
24 de marzo de 2026
Ciudad Autónoma de Buenos Aires
Cuento inspirado en la imagen que se ve en portada. La misma fue tomada la madrugada del 24 de marzo de 1976 por el fotógrafo Héctor Vázquez, que se encontraba haciendo la guardia periodística en Plaza de Mayo porque los militares ya comenzaban a tomar la Casa Rosada para dar el golpe y destituir el gobierno de Isabel Martínez de Perón.

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