¡La carne está triste, ay! Y he leído todos los libros
Stéphane Mallarmé
Nunca leí Ana Karenina y tengo dos ejemplares en casa, por lo que debo decir que no leer Ana Karenina no se trata de que no he podido leer Ana Karenina. Al contrario, he podido leer Ana Karenina muchas veces. Quiero decir que no me ha faltado tiempo y que tampoco me han faltado ganas. Simplemente tengo el libro y no lo leo.
De hecho, he regalado Ana Karenina a varios de mis amigos en más de una ocasión, porque, como verán, considero que es muy importante y muy valioso que otros mortales, como yo, tengan Ana Karenina en sus casas y que, por tanto, como yo, puedan leer Ana Karenina cuando quieran, aun si deciden no hacerlo y, es más, sobre todo si deciden no hacerlo.
Porque, seamos honestos de una vez, requiere mucha pericia decidir qué obra maestra no leer; por el motivo que sea, no basta solo con un entusiasmo o una propensión a las malas decisiones.
No, en algún punto nadie está solo en naufragar, estamos todos y forma parte de nuestro peculiar calabozo el estar condenados a nuestras minúsculas y tan bienamadas arbitrariedades, entre las que figuran, por qué no, nuestra cualitativa aventura de “no leer”.
Se me objetará, quizás, que he dicho Ana Karenina demasiadas veces en el primer y segundo parrafazo de esta declaración de amor; dirán que me repito mucho, que la redundancia no hace bien al estómago, que peco de previsible y que aburro, pues todos los entendidos ya saben de qué hablo cuando hablo de Ana Karenina.
Al carajo con los objetores. Es simple, me gusta el título.
De hecho, me gusta tanto que, si tuviera una gata la llamaría Ana, y si fuera gato varón, Karín; solo para que haya en la casa dos que compartan el nombre y, quizá también un poco, para encabritar a quienes les jode cómo nombro lo que nombro.
Sí, tengo dos ejemplares de Ana Karenina en casa. Uno está viejo y gastado y lo compré, todavía me acuerdo, en la biblioteca de Ricardo. Hasta se le puede oler al libro las manos ajenas que lo han subrayado, viejas y feas, tachándole huellas en los márgenes, remarcando con soberana pasión la desgracia del no entendimiento de una frase y con suma algarabía la precisión con la que uno entiende, de golpe, que está leyendo Ana Karenina y no cualquier cosa.
El otro ejemplar es virgen, apenas ojeado. Lo habré hojeado solo unas dos o tres veces, y nada más para que se cuele una línea de aire entre sus tiernas páginas.
Debo decir que nunca me sentí tentado a deshacerme de ninguno de ellos.
Cada vez que obsequié Ana Karenina a mis amigos tuve que ahorrar, y siempre lo hice comprando menos verduras en el mercado. Cuando me alcanzaba, iba desenfadadamente hasta la librería que estuviera dispuesta a venderle Ana Karenina a un tipo como yo, acaso su peor lector, a buen precio.
Nunca leí Ana Karenina y no es porque se trate de un “libraco”, para nada; debo decir, no sin orgullo, que me las he visto con libracos mucho más fuleros. Nunca un libraco me ha significado un problema.
Pondría mis rodillas en el fuego helado de Gehena si algún mortal se atreviera siquiera a sugerir que yo me quejé alguna vez o maldije al norte por la cantidad de páginas que componen un libro. No, señores, diré con Cafrune que, aunque mucho he traqueteao, no me engrilla la prudencia y, si he pasao las que he pasao, sólo quiero servir de advertencia, el rodar no será ciencia pero tampoco es pecao.
Nunca leí Ana Karenina y no es porque ya sepa yo de antemano quién se suicida y cómo y por qué lo hace. No. Además, ¿qué no-lector, hoy, no sabe ya de antemano lo que va encontrar ahí donde nunca estuvo antes ni fue buscando nada en absoluto?
Bueno, señores, me temo que ahí donde ustedes solo encuentran aburrimiento, pereza y un fastidio terrible, yo encuentro siempre otra cosa.
No leo Ana Karenina no porque vaya a aburrirme saber el final todo el camino que lleva hasta él, o al menos no tanto como para no soportarlo. No, pues, con esa lógica solo nos queda aferrarnos a la premisa de Cioran, según la cual siempre se mata uno demasiado tarde.
No. Las obras de arte soportan todo spoiler. No es su voluntad que entendamos y, aunque hay quienes repiten para sus adentros como una fórmula mágica el mantra “claridad, claridad, claridad”, han de saber que la meca de la claridad es plana.
Creo que fue Tarkovsky en ese increíble diario estético que es “Esculpir el tiempo”, quien dijo que aquel que siempre busca el significado allí a donde va, termina por encontrarlo en todas partes y, entonces, ¡ay! ¡pobre! ¡qué va a hacer!
Años y años –decía Cioran–, años y años tratando de huir del sueño en el que se regocijan los demás, y después, años y años para huir de ese despertar.
Para mayor precisión, citaré a Brecht: “Quien quiera ver solo lo que puede entender, no tendría que ir al teatro, tendría que ir al baño”.
Nunca leí Ana Karenina y a veces creo que la llevo como un amuleto indócil que me recuerda no saber bien de qué se trata todo y, por algún retorcido y muy neurótico motivo, eso, solo eso, saber de la existencia de una criatura indómita viviendo plácidamente entre todos mis redundantes enseres domésticos, abre mi vida a un extraordinario y vivificante paraíso en el que no preciso creer para entrar.
Sí, creo que eso es lo que quería decir hoy. Ana Karenina no es un anzuelo que morder para que me arrastre a un saber panzudo en donde acampar y poder, eventualmente, decir tantas cosas que no sé decir hoy.
No, Ana Karenina es más bien un rostro fiero parado en el estante; conserva una mirada inquietante y pareciera estar masticando algo que desconozco completamente.
Ahí está, todos los días, cándida e inútil, último bastión de lo extraño en mi vida, siempre más allá de mi imaginación, firme para recordarme el anverso del sentido, indispensable para que todo lo demás exista y pueda leerse razonablemente bien.
Matías Ezequiel Wendt
Leipzig, Alemania

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