El viaje en ruta hasta la curva de Luján fue tranquilo. Pagamos dos mil pesos el estacionamiento a unos bomberos que estaban encargados de hacer que eso funcione. Entre el estacionamiento y el espacio donde transcurría el Bon Odori estaba la famosa casa abandonada del japonés.
La habíamos conocido unos días atrás, cuando viajamos desde el camping La fortalecita hasta Puerto Rico. Ahora no tenía los yuyos altos y cortantes que entonces nos dificultaron la entrada. Ahora el acceso y la curiosidad eran parte del festival. Ahora el abandono formaba parte del pasado, ya no era olvido débil.
Mientras caminábamos hacia la entrada del festival, vimos pasar por enfrente de la ruta unos cuatro o cinco jinetes con boinas. Desaceleraron sus caballos, que venían al trote, y tiraron unos sapucais (ojo, más bien unos sapukáis). Uno de ellos puso el himno nacional argentino en un parlante bluetooth que llevaba sobre el caballo.
Entregamos las entradas anticipadas y avanzamos a través de un camino, separado del festival por un boj robusto y alto, que conducía hasta un Torii. Entonces nos abrumó un poco tanto color, la novedad, la música, el murmullo, y nos detuvimos. Cientos y cientos de sillas estaban dispuestas alrededor de un círculo grande de pasto con un escenario cuadrado en el medio –quizás emulando la forma del mon, la moneda japonesa circulante entre los siglos XIV y XIX. Ese escenario cuadrado, que se llama yagura, era de color rojo. En él había dos tambores y de las puntas de su estructura se desprendían ocho hileras de farolillos de tela rojos y blancos, como farolillos chochin, que iluminaban todo el predio.
En el espacio circular, unas chicas vestidas con yukatas bailaban sutiles danzas tradicionales.
Era suave caminar sobre el pasto cortado. Buscamos el mejor lugar para sentarnos. Llevábamos nuestras silletas debajo del brazo, un tere de agua y el bolsito termero lleno de cosas, entre las cuales lo más valioso fue sin dudas el repelente, porque los mosquitos estaban re atrevidos.
Nos sentamos al lado de mi abuela, en un espacio que eligió mi tía. Buscamos la comida temprano, antes de que la gente fuera toda junta y se llenara de filas en los puestos. Compramos yakitoris (brochettes asados de pollo y cebolla marinados en salsa), takoyaki (seis bolitas del tamaño de una albóndiga rellenas con pulpo y hechas a la plancha, servidas en una hoja de chala, con un chorro de una salsa rara y rica encima), una bandejita con un surtidito de sushi y salsa teriyaki, dos empanaditas (del tamaño de una galleta de la fortuna aprox.) de cerdo, y una unidad de nikuman (bollo esponjoso relleno de carne de cerdo picada y cocido al vapor) que compartimos. No comimos yakisoba (fideos salteados con carne y verduras), naturalmente, pero nos dijeron que estaba buenísimo. También compramos jugo de frutilla, durazno y banana, sin leche y con mucho hielo.
No, no comimos todo de una sentada. Dejamos grandes intervalos entre una comida y otra. Usamos una silla de madera como mesa para dejar todo.
Estábamos en la segunda fila, muy cerca del círculo donde pasaba todo.
—Esto es cine.
Pronto descubrimos que las chicas que bailaban cuando llegamos eran Las Michi. Ellas llevaban adelante, entre número y número de taikistas, el «baile participativo». Combinación de didáctica y torpeza, de tradición y desenfado, el baile participativo era más o menos lo que su nombre indica: una danza tradicional a la que todos los presentes podían sumarse. Una canción pop cantada en japonés comenzaba a sonar a todo volumen, entonces Las Michi, todas unidas por la coreografía de un baile típico, comenzaban a girar en círculos muy lentamente alrededor del yagura rojo, enseñando una secuencia de pasos en loop, y todo el que quisiera podía perseguirlas imitándolas. Duraban tres temas y daban el pie al siguiente número. Cada vez más gente llenaba con imitaciones bienintencionadas esa pista circular. Al principio costaba seguirle el ritmo a Las Michi, y podía variar el nivel de dificultad dependiendo de qué baile se tratara. Algunos eran suaves y con una secuencia breve de pasos, otros eran enérgicos e incluían saltos, giros, cambios abruptos de dirección o bien un número de pasos capaz de ser memorizado recién después de varios intentos. Había que concentrarse y no perder de vista a La Michi a la que uno decidiera tomar como referencia.
Anocheció muy lento. Los chochin rojos y blancos se volvieron cada vez más luminosos.
A un costado había una pantalla enorme, donde se proyectaban imágenes con las marcas de los negocios y empresas auspiciantes del evento. Alrededor de la pantalla, una estructura de hierro sostenía los parlantes, como si se tratara de un recital preparado para recibir una cantidad considerable de espectadores. De detrás de la pantalla salían unas luces que se marcaban en el aire como franjas blancas en dirección al cielo. Por momentos, las polillas sobrevolaban esas franjas y parecían luciérnagas.
El elemento central del Bon Odori, me atrevo a decir, es el ritmo. Los grupos de taikistas llegaron de todas partes: municipios de Misiones, de Capital Federal, de la provincia de Buenos Aires, de Paraguay, con nombres de lo más geniales, como Ryujin Daiko, Wadaiko Pirapo o Mukaito Taiko. Todos tenían como elemento central el taiko, un tambor sólido, rechoncho y tachonado, con un sonido hondo y seco que te hacía abrir los ojos. Algunos con ropas coloridas, otros con máscaras, números que incluían otras clases de tambores e instrumentos o hasta cierto alarde de las coreografías más espectaculares, con saltos y gritos: todo un abanico de emociones y pensamientos surgía y se desprendía del ritmo que los grupos le sacaban al taiko.
Tres sujetos vestidos con máscaras grotescas, aterradoras para los niños, le dieron con muchísima energía y casi sin parar a los cueros tensos, gritando todo el tiempo lo más monstruosamente posible. Cada tanto, se acercaban al público intentando intimidar. Cuando uno de ellos lo hizo en nuestra dirección, nos llegó un fuerte olor a naftalina. «Ese traje estuvo guardado», me dije. Es un pensamiento simple, ya sé, y primero me dio risa. Pero, en el fondo, ese olor tan concreto y hasta cotidiano tendió un puente entre ese momento, ese ser y estar en una silleta en Garuhapé dejándome absorber por el ritmo, y la tradición de esa tierra lejana y abundante de la que ese ritmo y el Bon Odori mismo provenían. Como si lograra realmente ver lo que estaba pasando en todas sus dimensiones.

Las Mukaito Taiko, un grupo de chicas que viajó y vivió en Okinawa para aprender la técnica lo más fiel y corporalmente posible, fueron las más aplaudidas. No es la primera vez que participan del Bon Odori Garuhapé, si no entendí mal. Al menos había gente en el público que ya las había escuchado y visto actuar antes: hubo esa clase de murmullo auspicioso cuando los presentadores las nombraron. Llevaban chalecos cruzados de color azul y pantalones negros. Lo que hicieron se sintió como sobrevivir a una tormenta en el mar. Entre los truenos y el frenesí, una de las taikistas sacó un instrumento de viento que parecía una ocarina, pero sonaba menos dulce y más alarmante, como la sirena de un gran barco pesquero. También utilizaron una especie de gong, pero más pequeño.
Eran dos los presentadores, un señor y una señora. La señora hablaba perfecto japonés, o eso me pareció, y su castellano era misionero. El señor, antes del último número, dijo algo muy hermoso: “y ojalá que resuene en sus corazones como hace tiempo resonó sobre las olas”. En otro momento de la noche, había explicado que una de las tradiciones okinawenses era que los pescadores se enfrentaran con los tambores: quien más fuerte le pegara, mayor éxito tendría en la pesca.
Se escuchó la voz de la presentadora:
—Qué bueno que podamos tener una noche así de Bon.
Miré hacia un costado y vi a los que habían tocado disfrazados de ogros. Eran tres adolescentes. Estaban sentados en sillas, disfrutando como yo de las Mukaito Taiko. En sus rostros se apreciaban los rasgos de su origen. Eso no encajaba con la idea que me había hecho de los sujetos detrás de las máscaras. Pensé que eran tipos. Hombres. ¿Realmente ellos gritaban y aterraban y le pegaban así a los taikos? Tenían todavía los cachetes colorados. Uno de ellos levantó de entre las piernas un vaso grande de jugo de frutilla.
Las Michi llenaron por última vez el gran círculo con sus aprendices poseídos, y de un puente rojo provino un perro–leon enorme que empezó a moverse entre la gente. Era Shishi, que, según anunciaron los presentadores, daba suerte y prosperidad por todo un año a aquellos a quienes mordía. No había forma de sacarle los ojos de encima a Shishi. Era obvio que se trataba de dos tipos dentro de un mismo disfraz, pero ni la fuerza de la obviedad, ni los pantalones que se veían según el ángulo en que uno observara, eran capaces de romper la ilusión. Los movimientos eran tan semejantes a los de un perro, las sacudidas y los mordiscones al aire tan convincentes, que la mente no podía evitar emocionarse y salirse de eje. Vivir así la magia, como si volviera a ser un niño, es algo que no esperaba. La inocencia jamás deja de ser algo indomable, por más que se la mantenga alejada.
Finalmente, los grupos que habían estado pasando durante toda la tarde se unieron para una última arremetida todos juntos.

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